memorias de la guerra claudio montoya.pdf

download memorias de la guerra claudio montoya.pdf

of 373

Transcript of memorias de la guerra claudio montoya.pdf

  • La Guerra de los Tenientes

    Memorias de la Guerra con

    Sendero Luminoso

    Claudio Montoya Marallano

  • Ttulo: La Guerra de los Tenientes, Memorias de la Guerra con Sendero Luminoso. (Orig. El Pecado de Deng Xiaoping) 2008 by Claudio Montoya All rights reserved. ISBN 978-1-4457-8179-2 Impreso en Espaa - Printed in Spain.

  • ndice

    I Los Olvidados 7 II El Horizonte 37 III El Abra 105 IV La Emboscada 145 V La Misa 215 VI La Tuberculosis 235 VII La Fiesta del Pueblo 255 VIII El Abandono 309 IX Eplogo 369

  • 6

  • 7

    Los olvidados

    A veces hago recuento de das pasados, y me pregunto cmo

    es posible que mantengamos recuerdos vvidos de aconteci-mientos aparentemente olvidados ya hace muchos aos. Cuando leo algn libro de historia a veces estos hechos parecen tan lejanos para m que ya no importan si fueron de hace veinte, cincuenta o dos mil aos y sus actores tan annimos como cual-quier otro que estuvo en una batalla griega. Pero sin querer, tambin a veces, recuerdo que hubo momentos en los que tal vez pude tener un pedazo de la historia, buena o mala, en mis manos. El siguiente relato es una breve crnica de uno de esos momentos en los que, a falta de moraleja, lo nico que nos que-da es un sabor amargo de boca:

    Aquel da estaba en el semiderruido comedor de oficiales tra-

    tando de engullir la insufrible sopa de col acompaada con ensalada de lo mismo y coles arrebozadas, men nico de la unidad, cuando entra un soldado de guardia y dirigindose a m dice:

    Mi teniente, el comandante quiere verlo en su oficina. Con hambre an, pero con el alivio de tener que dejar de una

    vez por todas la comida sin parecer maleducado, me levant y me dirig a la puerta de salida, por donde casualmente entraba el oficial de rancho.

    Lus, eres un perfecto intil. Tu rancho es asqueroso y es-tamos hartos de comer coles todos los das, slo a ti se te ocurre comprar el cargamento de un camin.

  • La Guerra de los Tenientes

    8

    Y qu quieres que haga? Slo dispongo para el mes poco dinero con el cual alimentar a todo un batalln. Es lo nico que pude conseguir.

    Por lo menos a la hora de comer sintate a la mesa y recibe nuestros agradecimientos verbales.

    Cruc el galpn de vehculos, o lo que quedaba de aquellos, e ingres a la comandancia. Al entrar a la oficina observ al co-mandante de pie mirando unos planos extendidos sobre la pared junto con el oficial de inteligencia, un soldado y un civil de mirada asustada que discuta con el soldado.

    Pasa, tenemos un problema. Necesitamos que prepares una patrulla, salgas de inmediato, ubiques el lugar, veas que ha pa-sado y nos informes.

    De qu se trata? Mi comandante. Ha venido este mensajero y dice algo as como que han en-

    contrado unos muertos cerca de su pueblo o algo parecido. Mientras hablaba sealaba una esquina del mapa colgado en

    la pared, de un vistazo identifiqu una zona de cordillera o pu-na perdida en medio de la nada, de esos remotos sitios en los que Dios ya no volvi a interesarse desde la creacin. No s porqu, pero al ver aquel mapa algo me deca que nuevamente me tocara bailar con la ms fea.

    En otras palabras han masacrado a su pueblo como sucedi en aquel que estaba en la carretera a la selva, no es as?

    No lo sabemos, la verdad es que entre lo asustado que est ni se deja entender en su pobre castellano. As que es mejor que vayas t y nos enteremos por primera persona.

    Mir al mensajero, de lejos se vea que haba caminado por lo menos un par de das, aparentemente de trece o catorce aos. Aunque la edad engaa con esta gente malnutrida desde hace generaciones, no me extraara que tuviera dieciocho o dieci-nueve. Obvi el trmite de preguntrselo.

    Arturo, qu sabemos de ellos? pregunt al oficial de inte-ligencia.

    Son unos mseros pueblos que subsisten en la puna con unas ovejas, pocas veces van patrullas a sus zonas.

    Rojos? Aos atrs as lo hubisemos visto, como todos. Pero desde

    hace un par no hemos tenido problemas ni noticias. Esta gente es tan msera que no le interesa a nadie, ni siquiera a Sendero;

  • Los Olvidados

    9

    me preocupara ms si fueran los que viven al otro lado del ro -sealando la otra esquina del mapa-, es zona de trnsito.

    Bien, en veinte minutos estar listo, prefiero avanzar con vehculos hasta donde permita la carretera y luego subiremos la cordillera a pie, esa zona del mapa est entre dos mil ochocien-tos y tres mil quinientos metros de altura. As que la trepada no nos la quita nadie. Algo ms mi comandante?

    S, llvate al mdico aadi-, si es lo que pensamos necesi-taremos su ayuda o un informe suyo. Y ten cuidado.

    Esto ltimo no necesita recalcarlo. Veinte minutos mas tarde estbamos en la puerta del cuartel

    embarcando en los vehculos, aprovech la confusin y llam a un cabo de confianza.

    Jimnez, venga. Si, mi teniente. Ves al mensajero vestido de civil que est subiendo en el

    primer vehculo? Ser nuestro gua. A partir de este momento no lo pierdas de vista y sguelo a todas partes sin que se de cuenta. Arma tu pistola y tenla as en la cartuchera. Si ves que trata de abandonar la columna sin avisar o hace seas a alguien extrao, la usas, no quiero sorpresas. Entendiste?

    S, mi teniente respondi dirigindose al primer camin. Toribio! llam al sargento de patrulla-. Has revistado las

    armas? S, mi teniente. Hemos montado una patrulla ligera como

    orden. Dieciocho hombres, cien cartuchos por fusil, granada de mano e Instalaza por cabeza. Hay tres reclutas que para los cua-les es su primera salida al campo, ya los asign por parejas con soldados antiguos. Los choferes y sus ayudantes se quedarn en los camiones en los puntos de reunin con las ametralladoras montadas sobre los vehculos.

    Bien. Ese Toribio pens-, no se le escapa nada, gente como esta es

    la que facilita las cosas y hacen que caminen Estaba en ello cuando escuch una voz a mis espaldas:

    Me dicen que voy contigo. Al volver me encuentro con un extrao personaje, un poco

    ms bajo que yo, con bigotes y vestido de verde en algo as co-mo un traje de tortuga, que me miraba sonrindome.

    Soy el nuevo mdico de la unidad.

  • La Guerra de los Tenientes

    10

    Hola Doc, ya estamos saliendo, as que sube. Qu llevas encima?

    Como soy previsor me he colocado doble chaleco antibala. Ya sabes, hombre prevenido

    En principio te los has colocado al revs, por eso no puedes torcer el cuello. Segundo, cuando descendamos de los vehculos y comencemos a trepar la cordillera te pesarn como plomo, as que es mas probable que mueras de sobreesfuerzo que de una bala, y tercero, no puedes llevarlos porque no hay suficientes chalecos para todos y no es justo que slo algunos miembros de la patrulla cuenten con proteccin, particularmente si son oficia-les. Y tu fusil?

    Soy mdico, vengo a salvar vidas y no a otra cosa. No creo que tu discurso te ayude mucho cuando las cosas se

    pongan color de hormiga, aunque siempre podrs defenderte blandiendo tu bistur, algo as como un espadachn andino. As que toma le dije extendindole una granada de mano que ex-traje de mi morral.

    Me la das para que me defienda? No, para que te suicides, me lo agradecers. Sube que ya

    que partimos tarde. La salida del convoy es lo ms incmodo de estos recorridos

    porque es el momento donde perdemos la iniciativa, las rutas estn restringidas a las pocas carrozables que existen y muchas veces los caminos de regreso, al ser nicos, son los mismos que los de ida, por tanto eres blanco previsible. En general muchos preferamos caminar unas horas ms que exponerse a montar en la plataforma de los vehculos, jams en la cabina. Pero la dis-tancia a la que nos dirigamos haca inevitable facilitarnos un buen tramo.

    Aparte de estar atentos a la carretera, sus alrededores y espe-rar que no pisramos una mina, no podamos hacer mucho, as que aprovech en tratar de enterarme un poco ms de la misin que nos esperaba y en el primer alto en el camino dispuse el re-embarque.

    Que pase el gua a mi vehculo. Minutos despus lo vea subiendo al camin y seguido apare-

    ca sobre la barandilla el diligente Jimnez. Cuntame que ha pasado.

  • Los Olvidados

    11

    Me fue imposible sacar algo en claro, lo ms que entend entre sus pocas palabras en castellano era que haba muchos muertos en el cerro. Lo dems era un discurso en quechua que no com-prenda.

    Lo aconsejable era que un traductor me lo aclarara, as que pregunt entre los ocho soldados del camin si alguien saba hablar quechua, el silencio contest a mi peticin.

    Un momento! Acaso no son ustedes del contingente que vino de Ancash?

    S -respondieron en coro. Entonces cmo carajo es que nadie sabe quechua? A ver

    Pantigoso, usted es de Carhuaz, as que sabe quechua s o s. S, mi teniente. Entonces Qu esperaba para contestar? Vivimos en un pas extrao, poseedor de su propio idioma

    con lo cual ya debera ser suficiente para vertebrar una nacin, pero en vez de ello nos quedamos callados. Esto es lo ms raro, no lo negamos conocer ni renegamos de l, simplemente calla-mos como si fuera algo que no debe conocerse. Cuntas veces se ha visto a alguien con un mnimo de posicin hablar en que-chua? Nadie. Porque en nuestra infinita ignorancia hablarlo significa descender en la escala social. As somos nosotros, conmigo a la cabeza que estoy hace seis meses en este mundo y no he hecho el mnimo esfuerzo por aprenderlo.

    Pregntele que ha pasado en su pueblo. S, mi teniente. Pantigoso dirigi al mensajero una pregunta que fue contes-

    tada con un monoslabo, luego pregunt y repregunt a lo que el mensajero contestaba acaloradamente y as un buen rato, y como vea que se prolongaba la conversacin la interrump tra-tando de que me adelante algunos detalles.

    Pantigoso, qu dice? Dice que han encontrado unos muertos cerca de su pueblo. Eso ya lo s, algo ms? No. Cmo que no? Pero si te veo discutiendo con este seor

    hace media hora y me dices que esto es lo nico que te ha dicho. S. No te ha dicho nada ms? No.

  • La Guerra de los Tenientes

    12

    Oye, si te he trado es porque quiero conocer detalles de lo que ha pasado, as que dile que te explique con pelos y seales lo que ha sucedido.

    Pantigoso pareci entender lo que yo quera conocer -o as lo cre yo- y volvi a la carga con sus preguntas, algunas de las cuales parecan reproches a lo que el mensajero callaba pero cuando las preguntas eran amenazadoras responda con veloci-dad; a veces el visitante meditaba un poco y daba explicaciones extensas que hacan que Pantigoso asintiera dndome a enten-der que poco a poco se aclaraba el misterio. Finalmente, el dilogo se fue calmando, hasta que cuando las pausas entre pregunta y pregunta se hacan ms largas dieron la impresin de que la conversacin llegaba a su fin.

    Y bien, qu dice? Pues eso, que han encontrado unos muertos cerca de su

    pueblo. S, claro y qu ms? Pues nada esto ltimo me lo dijo con una naturalidad que

    me dej con la palabra en la boca. Me ests tomando el pelo? Cmo que nada? Pero si estas

    hablando de lo lindo con el desgraciado este y me dices que na-da ms!

    Pero que quiere que le cuente mi teniente? Si slo me ha dicho eso.

    Estuve a punto de cometer un doble crimen, pero me calm tratando de ser quin resuelva este galimatas de situacin. Aunque luego habr de admitir que el equivocado era yo, que no es posible hacer una traduccin literal del quechua al caste-llano, ya que por algn motivo que sigo desconociendo las explicaciones normalmente se desarrollan por caminos que no tienen nada que ver con el tema central. Desafortunadamente esto lo aprendera con el tiempo.

    Bueno Pantigoso, a partir de ahora usaremos mi mtodo. Yo ir haciendo una serie de preguntas precisas, tu las traduces y este seor que conteste claro y conciso. Entiendes?

    Conci Qu? Que me diga en dos palabras lo que quiero saber, y que no

    se vaya por las ramas! Ah claro! Haberlo dicho Ud. de antemano.

  • Los Olvidados

    13

    Bien, ahora que ya estamos todos de acuerdo, empecemos. Pantigoso, pregntele a este seor quienes eran los muertos.

    Pantigoso hizo la correspondiente pregunta a lo que el mensa-jero luego de reflexionar un momento contest con una larga oracin, que dio pi a una repregunta de Pantigoso y antes que yo pudiera evitarlo empez nuevamente la discusin sin fin.

    Silencio! Par de idiotas, me van a sacar de mis casillas! Quieren que as los trate?

    Por supuesto que no mi teniente -contest cabizbajo Panti-goso.

    Entonces no me hinchen las pelotas! A ver Qu dice de los muertos?

    Dice que no los conocen. Bien, pregntele si cree que son de otros pueblos o que vie-

    nen de la ciudad. Dice que no saben de dnde son. Tiene una idea de quin los mat? No, nada. Slo que cuando los encontraron ya estaban

    muertos. Pero Acaso los degollaron a todos? No escucharon nin-

    gn disparo? No, dice que nada de disparos. Alguien ha venido a reclamarlos? Nadie, hasta ahora nadie. Hace mucho tiempo que los mataron? Que no sabe, que ya estaban todos muertos. Que no me mienta, seguro que eran abigeos y los han ma-

    tado. No sera la primera vez. No, que ellos no han matado a nadie. Lo jura por lo ms sa-

    grado. Dile que no jure en vano, que es pecado, y mejor nos diga

    cuntos son los muertos. Dice que varios. S, pero cuntos dos o tres? Dice que ms. Aaah, tres o cuatro? No, ms, mucho ms. Diez? Ms.

  • La Guerra de los Tenientes

    14

    Qu dice este infeliz! Qu han masacrado a todo un pue-blo y que no sabe nada? Dile que no me mienta que estoy perdiendo la paciencia y que me parece que nos lleva con enga-os a una trampa.

    Dice que no le engaa, que le envi el alcalde de su pueblo cuando encontraron los muertos.

    Ser mejor para l. Ya haban transcurrido ms de dos horas de viaje, en lo que se

    supone era una carretera indigna de llamarse as, ya que era apenas una huella en medio del fango hasta el fin obligado del recorrido motorizado. Habamos llegado a un poblado, si se puede llamar poblado a este grupo de mseras construcciones de adobes y palos.

    Toribio, ya es tarde. Haremos vivaque aqu y maana tem-prano subiremos a la cordillera con el gua. Organiza el campamento con cuatro turnos de guardia y que la tropa se dis-tribuya por las construcciones centrales, los reclutas que preparen el rancho. Otra cosa muy importante, enve un mensa-jero al alcalde de este pueblo, que por cierto no s ni como se llama, y dgale que he decretado toque de queda, que nadie sal-ga de sus casas esta noche.

    S, mi teniente. Bueno Ejecucin! Toribio, o quiere decirme algo? S, mi teniente. Necesito que me diga el santo y sea para

    esta noche. El santo y sea? Lo haba olvidado. El santo que sea

    Ave Mara pursima Y la sea? Sin pecado concebida, santsima Algo ms Toribio, dgale al cabo Jimnez que su amigo me

    da mala espina y que duerma con un ojo abierto. l ya sabe a qu me refiero.

    Si, mi teniente dijo Toribio saludando marcialmente y sa-liendo del recinto donde me encontraba.

    Ese Toribio pens-, no hay duda que es la eficiencia con pa-tas.

    La noche cay rpidamente con el fro glido que acostumbra llegar a esa altura de los andes, cuando el ranchero me trajo mi cena le dije que no gracias, que agradeca que el oficial de ran-cho nos haya entregado doble racin de coles pero que no tena

  • Los Olvidados

    15

    hambre, me bastara con una infusin de manzanilla. Prepar mi cama extendiendo unas mantas en el suelo, tratando de acomodar la piedra que me sirviera de almohada, y tendido en ella me qued pensativo dndole vueltas al misterio de los muertos que nadie conoca o quera, algo realmente raro. En to-do caso, supuse que maana tendra ms pistas y se solucionara este espantoso crimen. Poco a poco mis ojos co-menzaron a cerrase en medio del sopor del cansancio, cuando escuch unos pasos afuera de la habitacin y la siguiente con-versacin:

    Alto! Quin vive? Relevo de guardia. Avance y de el santo! Padre nuestro que ests en los cielos. Y t por qu te persignas? Es la orden del teniente, supongo que lo hace para despistar

    al enemigo. Ese Toribio pens nuevamente-, no hay duda que es la efi-

    ciencia con patas ojal no nos matemos entre nosotros esta noche.

    A la maana siguiente temprano desayunamos caldo de coles -qu remedio!- y organizamos la columna de marcha.

    Toribio, a partir de este momento los fusiles cargados y al seguro, dos hombres que tengan preparadas las granadas de fusil con los cartuchos de proyeccin y que el operador de radio comunique que partimos. Asegrate que los fusiles estn lim-pios, si alguien tiene los mecanismos secos que pida un poco de aceite quemado de motor a los conductores que se quedan.

    Pantigoso, dgale al gua que vaya por delante pero que no se distancie, a estos les gusta correr. Mejor an, preprale una mochila con todo lo no imprescindible de momento, como bate-ras de repuesto, el botiqun, cargadores extra y todo lo que se te ocurra. A estas alturas cualquier espalda disponible para trans-portar la impedimenta es buena.

    Jimnez, ya sabes tu puesto y no lo pierdas de vista, ten cuidado que la trocha que vamos a utilizar no la conocemos y es fcil preparar emboscadas.

    Adelante! Empezamos a subir lentamente por un estrecho y antiqusimo

    camino de herradura que se desarrollaba sinuosamente por la

  • La Guerra de los Tenientes

    16

    ladera sur de una enorme montaa, que no era ms que el inicio de la larga marcha que nos quedaba por recorrer, la cual estim en no menos de cuatro horas a paso vivo, con suerte.

    Escuch lo que le dijiste al cabo que va detrs del gua. Desconfas de l? me pregunt el Doc, caminando a mi lado enfundado en su disfraz de tortuga y blandiendo la granada de mano que le di el da anterior.

    No particularmente, y ser mejor que guardes la granada en el morral.

    Arturo dijo que no eran rojos. No he dicho que lo fueran. Entonces? Esta gente te traicionar en la primera oportunidad que

    tenga, eso seguro. No tienen lealtades porque los hemos traicio-nado.

    Los traicionamos? Qu les hiciste? Yo nada, y cuando digo que los traicionamos hablo de los

    ltimos cuatrocientos aos. No entiendo, explcame. Guarda la granada y te lo digo. Est bien. Conoces la sierra peruana? Y cuando hablo de ello me re-

    fiero a lo ms profundo de ella. No s de qu hablas. Alguna vez has estado por esos pueblos perdidos a ms de

    tres mil metros, a das de distancia de la ms cercana trocha que permita llegar vehculos a motor. Donde an los pobladores se fabrican sus propios calzados de cuero de llama a mano y co-men papas un da si y otro tambin porque no tienen otra cosa que llevarse a la boca.

    No, pero nosotros hace tres semanas que comemos slo co-les.

    Bueno, hasta ahora todo lo que has visto est contaminado por el progreso, o mejor dicho con las migajas del progreso que no es ms que miseria, pero es progreso al fin. Ahora nos diri-gimos a estos pueblos remotos, sin nombre para el pas oficial donde an no ha llegado. Aqu se nace, se vive y se muere a la suerte porque ni los mdicos ni las medicinas existen.

    Pero ello no explica lo de la desconfianza, pobres hay en to-das partes.

  • Los Olvidados

    17

    Cierto, slo quera recordarte que estn aislados a su suerte, y esto no es la causa sino la consecuencia.

    La consecuencia de qu? Estos seores han sido traicionados, explotados y oprimidos

    por cuantos pasaron por aqu, su aparente aislamiento no logr hacerles escapar de ellos sino ms bien los hizo ms vulnerables en su ignorancia.

    Ya entiendo lo que me quieres decir, antes que vinieran fo-rneos estaban bien y ahora con nosotros ya no. Es decir cuando eran incas vivan felices.

    Te equivocas, jams fueron incas y dudo mucho que fueran felices, al menos segn nuestro ideal de felicidad. Los incas eran un expansionismo guerrero del sur y estos tambin tuvieron la mala suerte de cruzarse en su camino, si hacemos caso a las cr-nicas su destino no fue el mejor y, en su naturaleza rebelde, seguro que recibieron ms de un castigo ejemplar.

    Y despus? Despus vinieron las guerras de sucesin, la conquista, las

    guerras civiles de los conquistadores, la colonia, sublevaciones, guerras de independencia y as todas las asonadas de nuestra repblica. Lo nico que se puede extraer en comn es que han tenido una especial y morbosa predileccin para apostar por el bando perdedor. Ahora ya me entiendes por qu tienen una profunda animadversin por los que vienen de fuera.

    Algo, me imagino. Sendero y nosotros no somos ms que los ltimos en esa

    enorme saga de quienes han venido desde lejos a trastocar su mundo, nos odian por igual.

    Por eso deca Arturo que no eran rojos. Exacto, esta gente lo nico que le importa es sobrevivir. Lo

    peligroso es que para ello se alen con el bando equivocado, as que un consejo para la vida: jams les des las espaldas porque no sabes si te ven como amigo o como intruso, por sus palabras no llegars a ninguna conclusin, saben mentir porque lo aprendieron para sobrevivir.

    La conversacin continu cada vez ms intermitente, el Doc se retras a media columna y las dos horas que ya llevbamos su-biendo montaas comenzaron a hacer mella en el orden y la disciplina de marcha. Adems, con la altura poco a poco la res-piracin haca que hablar se haga ms difcil. Cmo es posible

  • La Guerra de los Tenientes

    18

    que exista alguien que pudiera elegir vivir aqu? Tal vez porque nunca lo hicieron, ya que nacieron con ese legado.

    De un par de saltos el Doc regres revoloteando a m alrede-dor, supongo que buscando compaa o conversacin, ayudado porque se iba de alivio al no cargar un fusil.

    Quieres un caramelo de limn para la sed? me ofreci. Sabas que San Agustn sentenci que la tentacin es como

    la zarza que entorpece el camino de la virtud le advert en un vano esfuerzo para librarme de l.

    No, pero estos son buensimos para cuando te da hepatitis. Como su respuesta desarm todos mis argumentos y los de

    San Agustn- me qued callado mirando su mano extendida con el caramelo de limn a medio abrir, de esos con forma de trocito de mandarina.

    Alto! Alto! -y un disparo que reson en la parte delantera de la columna.

    Los actos reflejos y la adrenalina hacen maravillas, en un solo instante mientras me dejaba caer a un costado liberando el se-guro del fusil pude ver con el rabillo del ojo a toda la patrulla tendida en el suelo y por delante a Jimnez, de pie, con la pisto-la en alto apuntado al gua que estaba parado a unos diez metros del camino con una palidez lvida.

    Qu ha pasado Jimnez?! Que tena razn con este desgraciado mi teniente

    responda sin dejar de apuntar al gua-, los ltimos cien metros ha venido tonteando haciendo como que recoga flores y pie-drecillas por el camino para despistarnos, y cuando pensaba que nadie lo estaba viendo ha salido corriendo de la columna hacia la loma.

    Pantigoso, pregntele por qu huy de la columna. Y que te responda rpido antes que se lo pregunte Jimnez.

    Dice que no hua, que slo quera hacer el pago al Apu. Que quera pagar qu a quin? Es una tradicin que tienen en algunos pueblos de las altu-

    ras donde dejan unas ofrendas en ciertos lugares, que a veces les llaman apachetas, y parece que quera dejarlo en el tmulo de piedras que hay encima de la loma.

    Dile que venga y que me muestre lo que lleva en la mano. Martnez y Alcntara! Suban y miren lo que hay all arriba, no toquen nada.

  • Los Olvidados

    19

    El gua se acerc mostrndome unas flores recin cortadas, nada anormal, y desde arriba gritaban que slo es un montculo de piedras con algunas flores secas. En otras palabras nada.

    Pregntale por qu hace eso. Hacer qu? Pues lo del pago. Dice que hay que pagar al Apu. Pagar? Por qu? Que no sabe, que as se hace y siempre se ha hecho. Doc, te das cuenta ahora como estos mantienen unas tradi-

    ciones ancestrales aunque hayan olvidado su significado original? Estas expresiones culturales afloran desde su subcons-ciente, han cambiado de nombres de dioses pero no de creencias. Les da exactamente igual rascarle la cabeza a San An-tonio que colocar flores a unas piedras.

    San Antonio? No era San Agustn? pregunt el Doc. Son santos diferentes, las mujeres solteras como recurso ex-

    tremo aplican la frmula: San Antonio bendito treme un novio bonito, y le rascan tres veces la calva al santo, dicen que no falla.

    Aaah. Toribio! Que se vuelva a recomponer la columna, partimos

    de inmediato. Pantigoso! Dgale al gua que no vuelva a salir de la co-

    lumna, que la prxima vez que lo haga Jimnez le enviar a hacer pagos directamente al cielo de los Apus, que ganas no le faltan.

    Despus de tres horas de marcha por fin llegbamos a la puna o parte superior de la cordillera, las indicaciones del terreno eran claras, por fin las pendientes se hacan ms suaves, aunque seguamos por los ancestrales caminos de herradura de los cu-les no nos apartbamos, ya que haban sido marcados por la experiencia de muchas generaciones. Difcilmente encontrara-mos un camino ms directo a alguna parte.

    Ya llegamos? pregunt el Doc. No, pero ya estamos en la puna. Cmo lo sabes? Mira a tu alrededor, ya no nos cuesta tanto caminar, adems

    ya hemos dejado abajo los monstruosos cerros que nos rodea-

  • La Guerra de los Tenientes

    20

    ban y se han convertido en lomas y mamelones de pendientes redondeadas. Si es que este fro no te dice algo.

    Es verdad, qu caprichosa es la naturaleza que en tan poca distancia cambie de formas.

    Ms que el capricho de la naturaleza fueron los glaciares. Glaciares? Yo no veo hielo por ninguna parte. Ahora no, pero hubo un tiempo, hace mucho, que no haba

    ms que eso en estos pramos. Ves a la izquierda aquel cerro con una pared rocosa marcada con un enorme surco en diago-nal?

    S. Es la marca del hielo que un da descendi por su costado.

    El hielo a enormes presiones y volmenes puede cortar la roca ms dura como mantequilla.

    Ya veo. Y mira a tus pies, cmo son los guijarros que pisamos. Las piedrecillas? Vers que tienen formas geomtricas con bordes redondea-

    dos, seal que en algn momento tuvieron una erosin fuerte, a diferencia de las piedras que encontrars en los ros de la costa que son completamente redondas por la erosin continua y cambian de nombre a canto rodado.

    Otra seal? S, la vegetacin, observars que en general predominan

    dos especies. Yo veo slo una alfombrita amarilla de tres centmetros. Esa alfombrita amarilla es ichu. Crea que el ichu era como un pasto espinoso. Y lo es, puede crecer hasta cuarenta y cinco centmetros, s-

    lo que este est sobreexplotado por el pastoreo intensivo de ovejas, que arrancan hasta la ltima brizna en su afn de conse-guir algo comestible. Un pequeo desastre ecolgico causado por la mano del hombre.

    Y la otra especie? Los musgos y lquenes, esas manchas de diferentes tonali-

    dades de verde y amarillo sobre las rocas. Generalmente los vers orientados hacia el norte donde hay mayor radiacin solar y son comestibles, pero no te hagas ilusiones, ser ms nutritivo que tomes la sopa de coles.

    Es todo?

  • Los Olvidados

    21

    No, te falta la seal mas clara. Si ya no te diste cuenta que tus botas se estn humedeciendo.

    Algo. El suelo siempre est hmedo, al menos la primera capa de

    treinta centmetros, y vers aflorar agua en ojos de agua o pu-quiales por todas partes.

    Pero no veo ros que los alimenten. Y hay pocas lluvias, esta humedad es la condensacin de las

    nubes que los vientos traen desde la llanura amaznica a la par-te ms alta de la cordillera, es una fuente inagotable de agua.

    Estbamos en medio de esta charla de geografa cuando la voz del soldado en cabeza avis que a lo lejos venan tres personas a nuestro encuentro.

    Llevan armas? No se puede ver desde aqu, los ponchos los cubren. Toribio, la mitad de la patrulla tome una posicin de altura.

    Los dems nos quedaremos a ver que pasa. Parece un comit de recepcin coment el Doc. Comit de recepcin? Sera ms fcil encontrar a Cristo

    predicando en esta puna. Mi teniente, dice el gua que es el alcalde y los notables de

    su pueblo avis Pantigoso. A los veinte minutos el comit de recepcin nos dio encuentro

    en medio de la nada, el alcalde se present a s mismo y a los miembros de su comitiva. Aunque la denominacin de alcalde era muy pomposa porque iba ms de Varayoc o representantes elegidos de un poblado que de otra cosa. Una de las caractersti-cas de los alcaldes de estos pueblos es que saben o por lo menos se defienden con el castellano, es requisito indispensable para poder negociar y tratar con gente fornea.

    Soy el alcalde de mi pueblo, al conocer la terrible noticia envi a mi ms querido sobrino a alertar a las autoridades para que nos defiendan.

    As que el mensajero era el sobrino del alcalde, pens, mien-tras el Doc me devolva la mirada coincidiendo.

    Por eso hemos venido. Y para que no le pase nada a su so-brino nombr a un miembro de la patrulla para que lo cuidara en todo momento aad, sealando a Jimnez el cual devolvi una sonrisa de oreja a oreja a toda la comitiva.

  • La Guerra de los Tenientes

    22

    Muchsimas gracias, es usted un ngel. Que Dios lo bendi-ga y que en su infinita bondad lo acoja en su seno! exclam el alcalde abrazndome.

    No me d la gracias a m, que Jimnez se lleva los mritos. Aunque el que no sala del asombro era el pobre gua que mi-

    raba como el to agradeca hasta las lgrimas a aquellos que hace un par horas le haban amenazado en convertirlo en Apu si segua recogiendo flores.

    Ahora, vayamos al tema que nos interesa y nos ha trado. Si le parece bien, mientras vamos caminando a su pueblo nos va contando lo que les pas a esos desdichados, le aseguro que esto no quedar impune.

    Al pueblo? No, no, los muertos no estn en nuestro pueblo, estn a media hora de camino.

    Me quiere decir que los muertos siguen donde los encon-traron?

    S, no sabamos que hacer por eso mejor avisamos. La gente est asustada.

    Pero Acaso son tontos? Cmo se les ocurre abandonar los cuerpos en medio de la puna? En estos cuatro das los zorros deben haberse dado un festn.

    El alcalde me mir diciendo No lo pensamos, aunque el comentario de los zorros pareci no entenderlo. Sin ms prdi-da de tiempo emprendimos la marcha, con la comitiva y el gua encabezando la columna.

    Doc, aqu hay gato encerrado. No es normal que abandonen a los muertos sin darles sepultura, jurara que saben ms de lo que nos dicen.

    T crees? S, no sera la primera vez que toman decisiones y acuerdos

    comunales para protegerse, algo as como en Fuenteovejuna. Preguntndoles individualmente no sacaremos nada porque todos se cerrarn en la misma respuesta.

    Toribio, agrupa la columna por parejas y que estn atentos. Jimnez, ahora no pierdas de vista a los cuatro, en especial

    al alcalde, que tiene toda la pinta de ser la versin corregida y aumentada del sobrino.

    S, mi teniente. La media hora de camino prometida ya se converta en una

    hora de marcha que no tena visos de terminar, as que mand

  • Los Olvidados

    23

    hacer alto horario para descansar, acomodar el equipo, orinar y enterarme de una vez por todas dnde estbamos y a dnde bamos.

    Toribio, que venga Cayetano con el morral donde guardo las cartas de la zona.

    Luego de extender la carta sobre una roca, sostenida por gui-jarros para evitar que se doblara con el viento, trat de orientarla con la brjula pero no ubicaba la coincidencia de las marcas del terreno con las de la carta.

    Mi teniente, ese cerro que est en la esquina de la carta pa-rece corresponder a aquel que pasamos hace un rato, tena una doble cumbre coment Toribio.

    S, tienes razn, ya que lo bordeamos. Por tanto nosotros debemos estar debemos estar Mierda! Estamos fuera de la carta!

    Pero no se enfade mi teniente -dijo el soldado Cayetano-, usted tiene en sus manos el plano 32E de la carta nacional, bus-co en el morral la que sigue o sea el 32F y todo resuelto.

    No pierdas el tiempo Cayetano, esas cartas yo las compr personalmente en el Instituto Geogrfico Nacional, donde me dijeron que la carta nacional estaba a un noventa y cinco por ciento terminada, y que faltaban algunas cartas slo de este sec-tor y algn otro, pero como no haba nada interesante en ellas sera poco probable que las necesitsemos.

    Y eso es grave? inquiri el Doc. Pues claro que s, si tuviramos algn herido sera imposi-

    ble dar nuestras coordenadas al helicptero para la evacuacin ni para pedir ayuda a otras patrullas. No es posible tener tan mala suerte!

    Pareciera que hay un maricn en la patrulla dijo grave-mente Cayetano-, esos traen mala suerte siempre.

    A m no me miren yo estoy casado -advirti el Doc. Aguirre, tu usas desodorante con olor sospechoso dijo una

    voz. Cmo lo sabes? Seguro te lo dijo tu hermana respondi

    otra. Silencio! -orden para cortar las acusaciones mutuas en to-

    da la patrulla- Lo que vamos a hacer es sobre un papel en blanco marcar la proyecciones del relieve del terreno a partir de la ltima montaa, por lo menos tendremos una referencia con

  • La Guerra de los Tenientes

    24

    la cual jalonar el itinerario. As que A equiparse y en orden de marcha!

    Mientras continubamos la caminata qued pensativo por lo que haba sucedido hace algunos momentos, era realmente im-pensable que estuviramos caminando por algn lugar del pas que oficialmente no se conoca, no digo que no hubieran pobla-dores viviendo en ella desde ha mucho, sino que despus de ciento sesenta aos de repblica ni siquiera habamos termina-do de cartografiar nuestra propia tierra. Me pregunt qu otras cosas hubieran sido ms importantes como para haber despla-zado esta tarea tan bsica para una nacin y creo que an no existe respuesta. Estas eran las inmensas carencias con la que nuestro pas se enfrentaba cada da, sin embargo la vida conti-nuaba, ms por inercia que por otra cosa.

    De estos recorridos lo ms exasperante suele ser la falta de precisin sobre los lugares y distancias, pedirlas a los lugareos es menos que nada, porque aunque en el caso que presten la mejor voluntad, poco en claro llegars a sacar. Daremos un ejemplo, nosotros estamos acostumbrados a medir las distancias por unidades de longitud, utilizando el kilmetro en general para distancias grandes. Pues aqu esas unidades de medida pierden valor, imaginar un mundo asonado por cataclismos donde no existe el terreno plano y las pendientes van desde los cuarenta y cinco a noventa grados rodeados por descomunales montaas y precipicios de cientos de metros; slo ya con esta premisa cambian las distancias multiplicndose por dos o tres; pero en la realidad tampoco es esto cierto, porque todo camino se desarrolla por rutas practicables para personas y animales, es decir, con pendientes que vayan hasta los quince grados como mximo y en tramos muy cortos, as la distancia horizontal puede multiplicarse por cuatro o cinco fcilmente.

    El Doc que comenz a acusar el cansancio debido al largo ca-mino y al peso de los chalecos -se lo advert- ya no estaba tan animado como en esta maana, se me acerc y

    Creo que tenas razn en desconfiar de estos. Por qu? Dijeron que los muertos estaban a media hora de camino, ya

    llevamos ms de hora y media. Creo que si regresamos no po-drn reprocharnos nada, la prudencia es buena consejera.

  • Los Olvidados

    25

    No podemos regresar porque nos echarn una bronca fe-nomenal por no cumplir la misin, esto por parte de la comandancia. Pero tampoco quiero regresar porque necesito saber qu o quienes son los muertos que nadie reclama, jams haba escuchado de algo as y la curiosidad me consume por dentro.

    Y si es una trampa? Bueno, en ese caso muertos tampoco faltarn y puedes con-

    tar con que esos cuatro que van a la cabeza sern los primeros en ser premiados. Pero ya dudo que sea una trampa, no tendra sentido que nos conduzcan tan lejos, ya pasamos excelentes lu-gares donde podran habernos organizado una emboscada.

    Pero, acaso no escuchaste lo que dijo de la media hora? S Pero no le hagas caso. Por qu? Te lo demostrar. Jimnez! Dgale al alcalde que venga, que

    queremos hablar con l y a los pocos momentos el alcalde es-taba caminando a nuestro lado.

    Dijiste que los muertos estaban a media hora de camino verdad? -le pregunt.

    S, si, a media hora. Ya estamos por llegar. Seguro? S, media hora ms y llegamos. Y no crees que posiblemente demoremos un poco ms? Puede ser, pero media hora est bien. El Doc atenda nuestra conversacin con unos ojos que no da-

    ban crdito a lo que sus odos escuchaban, y como capt que me rea por dentro estall dicindole:

    Pero t ests aturdido?! Estaban los muertos a media hora de camino o no?!

    Pues s seor, en media horita llegamos respondi con cara de desconcierto el alcalde ante la reaccin desproporcionada del Doc.

    Entonces cmo carajo te explicas que si los muertos esta-ban a media hora llevemos casi dos horas caminado y an no lleguemos?!!!

    Al parecer la contundente lgica que el Doc sac a relucir producto de sus intensos y arduos aos de estudio en la univer-sidad afloraron una verdad inexplicable, aunque no evidente,

  • La Guerra de los Tenientes

    26

    para el pobre alcalde que nos miraba callado tratando de com-prender la rabia del Doc.

    Transcurri un momento en que slo se escuchaban nuestros pasos y la rabia contenida del Doc. Trat de animarlo dicindo-le: No te enfades, puede ser una confusin y su reloj est averiado.

    Ah, s. Oye alcalde, ests seguro que tu reloj anda bien. Reloj? Cul reloj? Pero si yo no tengo reloj. El Doc recin comenz a entender la causa de tanta divergen-

    cia de conceptos, la verdad es que hablbamos no slo idiomas diferentes sino desde visiones del mundo distintas. Estos seo-res no usaban relojes por la sencilla razn de que en su mundo los conceptos de minutos, horas y segundos no los necesitaban, para la agricultura o ganadera son irrelevantes y la jornada tie-ne slo un amanecer, un atardecer y poco ms. Pedirles estimaciones horarias de camino no tena mucho sentido, aun-que como veamos por lo menos tenan voluntad de colaborar.

    T ya sabas de esto me reproch ofuscado el Doc. S. Por qu no me lo dijiste? La verdad es que me gustara decirte que era para que

    aprendieras una leccin, pero el verdadero motivo era otro. Cul? Es que ya llevbamos caminando ms de cuatro horas abu-

    rridsimas y a veces hay que hacer estas cosas para alegrar el da, lo siento Doc.

    El camino continu a paso vivo, al parecer la rutina de este paisaje vaco y el deseo de saber de una vez por todas qu pas con los muertos nos hacan a todos aligerar el paso; aunque pensndolo mejor si eran tantos los muertos entonces habra que llevarlos al cementerio del pueblo ms cercano o cuando menos enterrarlos en fosas en aquel lugar. Ambas tareas, por lo duras no me gustaban y tampoco eran parte de mi misin, as que lo mejor sera que el alcalde enviara un mensajero al pueblo convocando a diez o doce hombres con palas, picos u otras herramientas. Estaba en mis pensamientos de organizacin lo-gstica cuando la voz de Pantigoso me de ellos.

    Mi teniente, dicen que ya estamos por llegar. Por dnde es? All, al frente. Cruzando el arroyo entre esas dos montaas.

  • Los Olvidados

    27

    Efectivamente, cruzando el arroyo de un metro de ancho pa-samos a la otra orilla que bordeaba la pendiente casi vertical de un cerro, se haban dado el trabajo de esconder a los muertos, porque aquella hendidura no era posible verse desde muy lejos. Aunque haba algo raro, la pared que sealaban tena un color tierra beige claro a diferencia de la tonalidad general amarillen-ta del cerro.

    Cuando llegamos al pie de la ladera ya se vea ms claro, la tierra de diferente color corresponda a un deslizamiento del cerro a causa de las abundantes lluvias recientes, dejando una abertura a nueve o diez metros ms arriba de donde estbamos.

    Es all arriba donde estn los muertos, en la cueva seal el alcalde.

    El terreno removido y la ubicacin de la hendidura, que no se distingua del todo, no me gustaban nada; as que le dije a Tori-bio que un tercio de la patrulla monte guardia en la parte alta en la montaa opuesta y que los dems se quedaran conmigo.

    Martnez y Alcntara! Dejen sus mochilas aqu y suban con cuidado a ver que encuentran.

    El terreno removido del deslizamiento de tierras o huayco di-ficultaba la subida pero finalmente lo lograron, desapareciendo de mi vista con los fusiles preparados. Pasaron ms de unos mi-nutos y los exploradores no daban seales de vida, exas-perndome ms an.

    Martnez! Alcntara! Ya llegaron?! Eeeh, s respondieron sin mucha conviccin desde arriba. Estn los muertos? S, aqu estn como deca el alcalde dijo Alcntara aso-

    mando la cabeza por el borde de la pendiente. Bien, y cuntos son? La cabeza de Alcntara desapareci para volver a emerger

    unos minutos despus Esteeee son varios Oye, re-tonto! Cuntalos! Parece que el cretinismo es epi-

    demia a esta altitud! Los estaba contando, mi teniente pero como estn mez-

    clados es difcil. No hay duda, si quieres que las cosas se hagan bien hazlas t

    mismo, pens trepando la resbaladiza pendiente seguido del Doc y de los que quedaban de la patrulla, ya que a estas alturas

  • La Guerra de los Tenientes

    28

    nadie quera perderse el misterio que encerraban estos muertos. Resoplando y ms sucio de lo que ya estaba llegu al reborde donde me esperaban Martnez y Alcntara con los fusiles a la espalda sealndome la apertura descubierta. Por lo visto era una especie de cueva ms ancha que alta y cuya profundidad desde donde yo estaba no era posible determinar.

    Estn all adentro? S, hay poca luz, pero es suficiente hasta donde hemos lle-

    gado. Me dirig a la boca de la cueva donde me detuve unos mo-

    mentos tratando de que mi vista se acostumbrase a la semipenumbra. Se senta la humedad y el aire viciado que ema-nada del interior.

    Por dnde estn? All hay un grupo, a la derecha respondi Martnez, sea-

    lndome un montculo a ocho o diez metros de la entrada. Junto a las piedras? No son piedras. Mir con detenimiento y el espectculo sobrepasaba lo que yo

    o todos los que habamos estado caminando estos dos ltimos das nos habamos imaginado. All, en lo que pareca una depre-sin de la cueva yacan los muertos, ya convertidos en una ruma de huesos, humanos sin duda por los crneos que sobre-salan.

    Doc Ves esto? Qu opinas? Definitivamente Te puedo confirmar oficialmente que es-

    tn muertos Todos. Ya lo s, me refiero a quin hizo esto. Que venga el Alcal-

    de! El alcalde lleg rpidamente porque al igual que toda la comi-

    tiva haba subido con la patrulla y permaneca en la entrada de la cueva.

    Quines son estos? le pregunt sealando a los huesos. Ya le dijimos que no sabemos nada, que los encontramos

    por casualidad luego que el desprendimiento abriera la cueva. Tanta gente no puede morir y nadie darse por enterado,

    menos aqu. S, pero ya le dijimos que nos los conocemos. Y de los otros pueblos qu dicen?

  • Los Olvidados

    29

    Tampoco, lo primero que hicimos fue preguntar a los pue-blos a dos das de camino alrededor y no saben nada. Ellos son los que nos dijeron que mejor avisramos a las autoridades por-que estamos ms cerca de la carretera.

    Toribio! Que cuatro hombres se queden aqu arriba y los dems bajen, esto ltimo tambin va para el Alcalde y su comi-tiva.

    Mientras se despejaba el ambiente me acerqu al Doc y le dije: Doc, debemos saber quienes son y reportarlo, porque si se

    llegan a enterar de esto los peridicos los muertos seremos no-sotros.

    Por qu? Si nosotros no le hemos hecho nada a nadie. Eso es lo que t dices, pero no faltar un imbcil que diga

    que t los mataste, o por lo menos el ejrcito o la polica. Martnez y Alcntara, comiencen a recolectar crneos, con

    ello sabremos cuntos son. Los otros dos, dejar los fusiles y comenzar a rebuscar entre

    los huesos en pos de alguna pista. Cmo qu? Lo que sea, ropas, calzado, documentos, en otras palabras

    cualquier cosa que no sean huesos o piedras y que nos diga quines fueron estos infelices.

    Oye Doc, ya que eres mdico por lo menos dime cmo mu-rieron.

    Un cuarto de hora despus ya reciba los reportes de nuestras averiguaciones: Martnez comenta que en el primer grupo hay diecisis crneos y cinco en otro grupo ms a la izquierda, lo que daba inicialmente un total de veintin; digo inicialmente porque la parte posterior de la cueva presentaba seales de haberse hundido ocultando ms osamentas, posiblemente debi-do a las vibraciones que originaron el desprendimiento principal que dej a la vista la entrada. Del grupo que buscaba otras seas nada, por lo menos nada evidente porque la luz no ayudaba y trabajaban a mano limpia. Peor an, segn el Doc la prdida de tejidos blandos haca que no pudiera determinarse las causas de las muertes, aunque segn l los cuerpos pertene-can a personas de diversas edades.

    Aqu hay algo dijo Martnez, acercndose con uno de los crneos separados al contarlos.

  • La Guerra de los Tenientes

    30

    El Doc lo cogi y lo mir un momento, frunci el ceo un momento, y luego de darle un par de vueltas me lo entreg. Era un crneo que en la parte superior izquierda tena un orificio circular o casi circular.

    Es un disparo? pregunt. No lo s. Martnez dme una bala de su cargador. Pues parece que no, observa que el orificio es mucho mayor

    que el calibre de la bala de fusil, probemos con una bala ms gruesa, la de mi pistola.

    Concuerda? Tampoco, y dira que una bala ms grande, una cuarenta y

    cinco por ejemplo, tambin quedara pequea. Es raro. Mal asunto Doc, tenemos que dejar esto en claro que ya veo

    que literalmente vamos a cargar con los muertos. Pero si los pobladores no se han quejado es porque no los

    conocan. Eso no quita que hubo un crimen y que nos lo achacarn

    por la sencilla razn de que estn en nuestro sector de respon-sabilidad. Esto ya es suficiente, si no eres culpable por accin lo sers por omisin. Encontrars a muchos que se regodearn por ello y creme que sern ms de lo que te imaginas. Esta es zona declarada en estado de emergencia desde hace casi cinco aos y pueden haber pasado muchas cosas.

    Ah, Claro! dijo el Doc- Si el problema es tiempo ya lo ten-go entonces, por tanto no hay problema.

    Por qu ests tan seguro? Pues mira dijo recogiendo un hueso largo, que me pareci

    una tibia-, pasa el dedo longitudinalmente por el hueso. Qu sientes?

    Nada, nada en especial. Pero lo sientes al tacto spero o liso? spero. Esa es la respuesta! Explcame. Mira, te hablo como mdico, los huesos son tejidos vivos

    que estn en contacto con otros tejidos, msculos o tendones por ejemplo, y esta unin debe hacerse mediante cartlagos. Pa-ra ello los huesos estn recubiertos de una capa llamada

  • Los Olvidados

    31

    periostio, que es la que les confiere la textura lisa y brillante a los huesos.

    Bien, hasta all te entiendo. Qu ms? Pues que al ser una membrana tambin se degrada con el

    tiempo, en general podemos decir que en condiciones normales esta desaparece entre siete u ocho aos.

    Y aqu? En estas condiciones de fro y humedad ser mucho ms. Lo

    que demuestra que estos seores ya tienen aqu varios aos ms de los que pensamos.

    Un alivio para nosotros, pero no para m. Por qu? Porque sigo con la intriga de saber quines son y por qu

    estn aqu, no se me va de la cabeza que pudieron suceder esce-nas terribles sobre el suelo que pisamos ahora mismo. Toribio! Dgale al Alcalde que suba nuevamente con su comitiva.

    Minutos despus apareca el alcalde y la comitiva por la pen-diente, cada vez ms sucios, por cierto.

    Me llamaba usted? S, queramos saber si existe alguna historia en tu pueblo o

    en los pueblos de los alrededores sobre la muerte o desaparicin de muchas personas.

    No, que yo recuerde. Ni historias contadas por los ancianos? No, nada. Bien, gracias. Esprennos abajo. Nuevamente la comitiva desapareca por la pendiente, mas

    desconcertados que al inicio por estas preguntas. Eso descarta los ltimos cincuenta aos por lo menos, pero

    no nos da mas pistas. Entonces podemos deducir algo ms? pregunt el Doc. Difcil, ya te dije que estos pueblos de las alturas tenan una

    morbosa y suicida predileccin por aliarse con los bandos per-dedores, y lo hacan con tal ardor que no tardaban en ganarse feroces enemigos. Si mal no recuerdo en esta zona se segua dando vivas al Rey de Espaa a comienzos de mil ochocientos treinta, diez aos despus de la independencia, por ello desde la costa les enviaron varias expediciones punitivas para meterlos en cintura por majaderos. Vaya que lo habrn hecho. En otras palabras pudo ser cualquiera en los ltimos cuatrocientos aos.

  • La Guerra de los Tenientes

    32

    El orificio del crneo nos podra dar una pista. No s, ya viste que no corresponde a las armas actuales, si

    es que realmente fue un arma de fuego, pero entre los aos mil quinientos y fines del siglo pasado tampoco hubo muchos cam-bios en este tipo de armas, al menos en calibre.

    Si seguimos buscando aqu mismo tarde o temprano encon-traremos algo que nos d ms pistas. Aunque si tienen ms de cincuenta aos podran catalogarse de restos arqueolgicos y en ese caso remover el lugar no deberamos hacerlo.

    Podr ser delito, pero este sitio no lo excavarn jams. An no estn terminadas la mayora de las excavaciones en la costa. En este pas todo est a medio hacer.

    Estbamos en la disertacin si deberamos seguir buscando en aquel lugar para sacarnos el clavo del misterio, cuando aparece un soldado resoplando por la pendiente.

    Mi teniente, el comandante a la radio. Desea hablar con us-ted.

    Rpidamente baj a la estacin de radio que Toribio previso-ramente haba ordenado montar al operador, en vista que pareca que bamos a demorar en aquel lugar.

    Aqu comandante de patrulla. Cambio. Aqu comandante de batalln. Ubicaron el lugar? Cambio. S, est en las estribaciones nor-orientales de la cordillera

    sobre los tres mil quinientos metros, encontramos una cueva abierta por un deslizamiento con al menos veintin cuerpos. Al parecer con una antigedad importante, pero descartado que sean contemporneos. Cambio.

    De quines eran los cuerpos? Cambio. No es posible identificar, definitivamente no corresponde a

    lugareos. Cambio. Me confirmas que no corresponde a violencia actual. Cam-

    bio. Casi seguro. Cambio. Espera un momento. Mantente al aire. Cambio. Pasaron unos minutos en los que slo se escuchaba la esttica

    de la frecuencia de la radio, hasta que la voz del comandante volvi a escucharse.

    Comandante de patrulla Ests all? Cambio. Sigo en el aire. Cambio. Muy bien. T eres de ingenieros, verdad? Cambio.

  • Los Olvidados

    33

    Afirmativo. Cambio. Perfecto, llevas explosivos? Cambio. Dispongo de una mochila con seis kilos de dinamita. Cam-

    bio. Entonces, escchame bien: procede a volar la cueva y re-

    pliegas inmediatamente la patrulla. Asegrate que la entrada quede sellada. Cambio.

    Cuando el comandante dijo esto, todos los que estbamos al-rededor de la radio nos miramos con cara de haber no comprendido sus instrucciones, as que quise explicarle la situa-cin real por si no la haba entendido.

    Comandante de batalln, el lugar que hemos encontrado no es actual. Posiblemente sea resto arqueolgico. No sabemos. Pe-ro no corresponde a violencia actual. Cambio.

    Perfecto, te entiendo claro. Procede a volar la cueva y re-pligate. Cambio.

    Repita por favor. Cambio insist en un intento de que cam-biara de opinin.

    Que vueles la cueva inmediatamente! Ya lo escuchaste y no vuelvas a preguntarlo! Corto.

    El silencio que apoder a la patrulla deca todo, era una orden terminante y se acab. El resto de la misin se complet en me-nos de media hora. Perforar los laterales de la entrada de la cueva, colocar los explosivos, atacarlos o cubrirlos con barro pa-ra evitar la prdida de energa y acondicionar los detonadores con temporizadores de mecha. Al estallar cederan los lados de la entrada haciendo que el material superior se deslice hacia abajo. Con ello tambin evitaramos que los restos se vean afec-tados por la onda explosiva, al menos en parte.

    Mientras, ya Toribio tomaba sus previsiones para el regreso organizando la columna de marcha y dando las ltimas ins-trucciones.

    Todo listo para el repliegue mi teniente dijo Toribio. Muy bien, Crdenas! Encienda las mechas. Ya estn mi teniente -dijo Crdenas al descender de la pen-

    diente, cogiendo su fusil. Cuntos minutos de retardo? Para veinte minutos. Bien, estaremos a un kilmetro cuando vuele la cueva.

    Adelante!

  • La Guerra de los Tenientes

    34

    La marcha se inici en silencio, quedarnos para siempre con el misterio de lo que ocurri en aquella cueva no gustaba a na-die, pero eran rdenes terminantes. En la parte de atrs de la patrulla caminaban el alcalde y su comitiva que parecan no haberse enterado de lo que estaba sucediendo.

    A los diez minutos llam al alcalde y le dije: No te preocupes, ya est todo resuelto y no tienen nada por

    qu temer. Para la prxima vez que suceda algo no olviden de comunicarnos siempre y contar con nosotros. Ya pueden regre-sar a su pueblo.

    S, gracias, les agradecemos mucho dijo abrazndome, aunque no s por qu tena que agradecernos ya que hasta don-de yo saba ellos estaban igual que antes. Quizs el hecho de estar con nosotros legitimara su puesto en la comunidad como representante e interlocutor vlido o algo as. Supongo que esto tendra algn valor para l, imposible saber.

    Continuamos el camino desandando en silencio la ruta de ida, cuando estbamos cruzando uno de esos pequeos valles de antiguos glaciares escuchamos un retumbar lejano, algo as como un sordo trueno de tormenta, atenuado por la distancia.

    Es esa la voladura? pregunt el Doc. As es. Son muy poco No te parece? Es as, las voladuras para movimientos de tierras, si estn

    correctamente preparadas, suenan poco porque la mayor parte de la energa se disipa en el material a remover, es lo mejor. Adems, ya estamos lejos, ms de un kilmetro, creo yo.

    Sabes por qu orden el cierre de la cueva comandante? No estoy muy seguro, pero lo intuyo. Yo tengo mi teora. Cul? Que ya tenemos suficientes problemas y los restos que en-

    contramos slo nos traeran otros gratuitos. Posiblemente sea lo mejor, aunque tal vez hayamos ente-

    rrado algo importante en el bal de la historia le respond. T crees que sabiendo la ubicacin luego podra excavarse

    como es debido? La verdad es que no le contest, no tena nimos para ello

    porque sencillamente alguien tendra que hacer un registro de

  • Los Olvidados

    35

    aquel sitio para el futuro y por lo visto no seramos nosotros. Luego de otro largo trecho en silencio el Doc dijo:

    Sabes? Me sabe mal abandonar a esos pobres muertos sin cristina sepultura y.

    Me quieres decir que ahora quieres desenterrarlos debajo de las toneladas de tierra que tienen encima?!

    No, no ira a tanto. Pero si regresramos luego con un cura para que por lo menos les d el responso

    Mira mi querido amigo, el hecho que los curas hayan hecho votos de castidad no los convierte automticamente en cojudos, que para eso ya estamos nosotros. Jams encontrars a alguno que quiera venir, no ya por los muertos sino por las pobres al-mas de los moradores de estos pagos. Posiblemente piensen que ya que viven a tres mil metros estn ms cerca del cielo y no ne-cesiten intermediarios.

    No digo ahora, tal vez podramos regresar de aqu a unos aos cuando esto est tranquilo. Adems seguro que nos envia-rn a realizar otros patrullajes por estas zonas.

    Eso no lo dudes Doc, regresaremos a estas tierras ms de una vez. No lo dudes.

    Han pasado ya varios aos, no s si muchos o pocos, de aquel

    patrullaje a ese extremo olvidado del pas y de esa noche lo ni-co que recuerdo es el silencio en el comedor de oficiales a la hora de la cena, estbamos el comandante y yo en los extremos opuestos de la misma mesa, l no me pregunt nada y yo jams le ped explicaciones.

    A veces hoy, cuando busco entre los cajones de mi escritorio tropiezo con una carpeta de cartn que en otros tiempos fue azul y cuando la abro, entre otros, hay una copia en papel car-bn de un informe cuya nica lnea escrita dice Sin Novedad, unido a l con un oxidado clip otro papel ya amarillento en la que con un lpiz hay dibujada una montaa con doble cima y una anotacin que una mano hizo rpidamente: Hacer coinci-dir con el plano 32F de la carta nacional.

  • 37

    El Horizonte Dnde est el horizonte? La pregunta est mal formulada, lo

    que todos nos hemos preguntado alguna vez es: A qu distan-cia est el horizonte, se que parece tan lejano? Para decepcin de muchos, y la ma misma, el horizonte est increblemente cerca. A nivel del mar, para una persona de estatura normal que se encuentre en la orilla, el horizonte est a cinco kilmetros en base a la curvatura de la tierra. Quin dira que caminando so-bre las aguas poco ms de una hora llegaramos al fin del mundo! Claro que el horizonte no siempre es el que est en el mar y que segn donde uno se encuentre, ste puede ser una llanura o un conjunto de montaas. Pero sea como fuere, siem-pre pensamos que est muy lejos, pero no ms lejos que no imaginemos llegar.

    A eso de la seis de la tarde me encontraba en la parte exterior

    de la improvisada comandancia del batalln, apoyado en una barandilla de madera que daba al patio principal. Debido a la ubicacin de la misma, en una ladera de cerro, yo tena una am-plia vista del paisaje. Llamaba la atencin que mi horizonte fuera en la lejana una enorme y oscura cadena montaosa que iba de sur a norte cubriendo todo el frente a la vista, mostrando unas cumbres como si fueran desiguales dientes de una sierra. El hecho de que entre nosotros y esa cadena de montaas exis-tiera un enorme valle propiedad de un ro, que luego se convertira en aportante de la red amaznica, haca que la apa-riencia de aquellas cumbres sea mucho ms alejada. Hice unos clculos y estim que realmente estaran a poco menos de doce

  • La Guerra de los Tenientes

    38

    kilmetros en lnea recta. Su color oscuro las haca ms inhspi-tas y yo me preguntaba que quines seran los pobres diablos que vivieran en ese rincn olvidado del fin del mundo. Ms an, quin sera al que le tocara ir a averiguarlo.

    Como ya era tarde y el sol se ocultaba tras de las montaas me qued un buen rato mirando el atardecer que reflejaba unas lu-ces amarillas entre aquellas cumbres disparejas. Al cabo de unos minutos escucho mi nombre y veo al comandante del batalln que se acercaba dicindome:

    Te estaba buscando, pens que estabas en el comedor. No mi comandante, ya luego pasar. Bien, necesito que maana temprano salgas con una patru-

    lla de reconocimiento y hagas un recorrido por la ruta de Chacras, Condevilla y as por la carretera hasta llegar al puente Huarilla.

    Chacras? Condevilla? Y dnde queda eso mi comandan-te?

    Bueno eso es ms o menos por all dijo el comandante se-alando con su brazo la cordillera que momentos antes estaba contemplando.

    Me est diciendo que en esos cerros vive gente! No claro que no, eso no es posible. Los pueblos que te digo

    estn ms all, detrs de esas montaas. Ah, haberlo dicho antes mi comandante dije para disimu-

    lar mi asombro, pero para mis adentros poco a poco iba intuyendo que nuevamente me tocara la parte fea de esta histo-ria-. Y hay carretera para llegar con los vehculos?

    Vehculos? No, no. Existe una carretera que para llegar primero tendramos que ir al sur hasta la capital del departa-mento y luego volver a subir tras varias horas. Pero esa no es la intencin, lo que queremos es hacer un reconocimiento de la zona, ser mejor que partas desde aqu y vayas all en lnea re-cta claro que lo de lnea recta era un decir, no exista forma de caminar en lnea recta.

    Algo ms, habla con Arturo, l te dar ms detalles. Parece que necesita recoger informacin sobre algo en particular.

    Poco despus de cenar me acerqu al despacho del teniente Arturo, el oficial de inteligencia, a quien no haba visto en el comedor. Lo encontr sentado en su escritorio ensimismado mi-rando unas cartas de la zona.

  • El Horizonte

    39

    Pasa, pasa y cierra la puerta dijo al verme. En qu lo puedo servir, mi teniente. El comandante dice que

    tiene algo para m. S. Te ha comentado el comandante que necesitamos que

    prepares una patrulla? Hace una hora me dijo que quera que haga un recorrido

    por esas montaas que estaban al frente, las que se ven desde la comandancia. Y se ven lejsimas.

    Eso mismo. Y te ha comentado sobre unos pueblos? S y que recorriera unos pueblos Condevilla, Charcas El pueblo se llama Chacras, no Charcas. Bueno, miremos la

    carta que tengo sobre la mesa dijo girando el plano noventa grados para que yo pudiera verlo mejor-. Estamos aqu, en la base del batalln. Irs descendiendo hacia el oeste, hacia la parte baja del valle en direccin al ro, para luego cruzarlo.

    Mientras hablaba yo miraba el recorrido, se trataba de un des-censo prolongado y con pendiente ligeramente pronunciada, de ningn modo brusca; el cual pasaba por un conjunto de terrazas cultivadas hasta llegar a la parte baja del valle, que era bastante ancho para los estndares de los valles andinos. Sera un desni-vel de unos seiscientos metros en total, a cubrirse en varios kilmetros.

    Luego, llegando al ro te dirigirs hacia el sur hasta llegar a este pequeo puente que utilizars para cruzarlo.

    Mi teniente interrump sealando la carta-, ir hasta ese puente del sur me tomar ms de dos horas y media bordeando el ro. Por qu no usar el puente que est poco ms al norte? Sera ms fcil y directo.

    El puente del que hablas no existe, era un antiguo puente de madera, hace dos aos lo quemaron. La carta no est actualiza-da. Por eso te digo que es mejor que utilices el puente del sur, aquel no lo quemaron porque es de metal, aunque slo es pea-tonal, lo pueden cruzar las personas y los animales.

    Si el puente es peatonal y el puente grande no existe, enton-ces Cmo hacen los pobladores para comerciar de un lado a otro del ro?

    No comercian, no al menos en gran escala. Observars que donde estamos parte la carretera a la capital del departamento. Lo mismo sucede con una carretera que est ms all de las montaas, ambas van en paralelo al valle y la gente de un lado

  • La Guerra de los Tenientes

    40

    no depende de la otra. Adems observars que si bien en la margen derecha del ro, donde estamos, hay mucha agricultura en la otra no. Su produccin es marginal y no me preguntes porqu.

    Ya entiendo. Y luego qu? Una vez cruzado el ro, volvers a tomar rumbo norte, para-

    lelo al cauce del ro y luego cogers este camino de herradura que sirve para remontar las montaas que vemos desde aqu -dijo moviendo su dedo de norte a sur sobre una parte oscura del mapa. Al fijarme en l observ que la mancha oscura sobre la carta la producan unas juntsimas curvas de nivel del flanco este de esas montaas. Una observacin ms atenta me revel que el desnivel a remontar era de algo ms de mil trescientos metros.

    Mi teniente, con el descenso y la subida son cuando menos mil novecientos metros de desnivel. En un da! Arturo me mi-r pero alz los hombros como diciendo que ese ya no era su problema. l se limitaba a hacer su trabajo.

    Una vez cruzadas las montaas contina tu camino hasta llegar la carrozable de tierra que va hacia al norte. El resto del recorrido lo hars por ella, que tiene un par de desvos que van a los pueblos que te comentamos: Condevilla y Chacras. Como observars es un camino relativamente fcil de seguir.

    Hay algo que no tengo claro. Este es un recorrido bastante largo. Pero Para qu lo hago? Cul es la finalidad?

    Necesitamos que recojas informacin de la zona, este sector est bajo nuestra responsabilidad y lo tenemos bastante aban-donado, en parte debido a que la actividad principal de Sendero est hacia el Este de nuestra posicin y porque no hay asenta-mientos importantes de poblacin.

    Ya entiendo, slo un reconocimiento. No. Hay algo ms que no te he dicho. Tienes que encontrar-

    te con una persona. Encontrarme con alguien? Y quin es? Es un informante. Tiene unos datos que resultarn impor-

    tantsimos. Te estar esperando en un lugar cercano a la base, me dijo que en Tinkuy. Saliendo maana temprano vas a Tin-kuy y lo esperas. Lleva un uniforme extra, cuando se incorpore a tu patrulla se lo entregas y pasar desapercibido como un sol-dado ms. No te dir ms detalles, cuando cruces el ro te

  • El Horizonte

    41

    comunicar por radio nuevas instrucciones. Mi teniente, si Tinkuy queda cerca de aqu por qu su in-

    formante no viene y partimos juntos desde la base? No sera mejor?

    No. No quiere que lo vean cerca de la base. Prefiere mante-nerse de incgnito.

    Esa misma noche comenc a organizar la salida. La haramos por la maana a primera hora. Llam al Sargento Semana y me dijo que slo estaba disponible el sargento Esteban como sar-gento de patrulla. Lo hice venir.

    Esteban. S, mi teniente. Maana temprano despus del desayuno saldremos de pa-

    trulla cuando menos diez das. Organiza una patrulla ligera de quince hombres. Pasa por la proveedura y que te entreguen vveres para todo el periodo. Asegrate que los vveres secos estn completos porque al angelito del almacenero le gusta en-tregar menos de lo solicitado, ya lo tengo entre ceja y ceja.

    Armas colectivas? Ametralladora, mortero o lanzacohete? Slo llevaremos el lanzacohete con tres granadas, es lo ms

    ligero. Tambin recoges un fusil a mi nombre. Todo el material: fusiles, municin, granadas y cohetes que estn separados en el almacn. Maana temprano, luego del desayuno, la tropa los recoge y me esperan en la explanada del batalln. Hoy mismo hablar con el responsable de comunicaciones y tendr prepa-rada una radio con dos bateras y un cargador solar. Designa a un hombre que la recoja temprano y pase por la estacin de ra-dio para que le entreguen las frecuencias de comunicaciones para los prximos diez das.

    Todo indicaba que iba a ser un recorrido tranquilo, no haba nada en particular a buscar y, salvo por el paso de las montaas, sera cuando menos un paseo. Eso si el misterioso informante no nos traa sorpresas.

    A la maana siguiente estaba Esteban y la tropa esperndome en la explanada del batalln segn lo acordado. Me entreg mi fusil he hicimos una revista rpida antes de partir.

    Esteban, saliendo nos dirigiremos hasta Tinkuy. All espera-remos un rato. Sabes dnde queda Tinkuy?

    Tinkuy? pregunt Esteban- No saba de un pueblo que se llamara as.

  • La Guerra de los Tenientes

    42

    No es un pueblo, es un lugar. Y dicen que est cerca. No importa, preguntaremos en el camino.

    Y as fue, nuestra patrulla sali de cuartel bajamos hacia la ciudad y en la calle que daba acceso al mercado municipal nos encontramos a una seora que llevaba un costal de zanahorias para venderlas.

    Seora, buen da. Nos dice cmo llegar a Tinkuy? la abord mientras ella dejaba en el suelo su pesada carga. Luego de pensarlo un poco secndose el sudor de la frente nos dijo que era al otro lado de la ciudad, en la salida sur.

    En tanto hablbamos con la seora, en la misma esquina que daba al mercado, haba un hombre de aspecto andrajoso que estando de pie clamaba cada vez alguien pasaba: Tengo ham-bre! sosteniendo un pequeo tazn de plstico en la mano. Si el transente no daba muestras de inters gritaba Tengo hambre! con ms fuerza. La verdad era que nos resultaba incmodo hablar con la seora de las zanahorias con aquel tipo berreando a nuestras espaldas. Pero lo deca de tal manera que era difcil no sentir compasin del pobre. El sargento Esteban se acerc a l pero en respuesta slo recibi una mirada de recelo. Esto no puede ser, alguien tiene que hacer algo! -exclam Esteban.

    Pero buen hombre, vaya a su casa y coma algo, no es bueno que usted est aqu parado pasando hambre. Le puede pasar algo le sugiri Esteban con las mejores intenciones del mundo. Pero la mirada de recelo del sujeto se convirti en una de des-precio total. Gritando an ms fuerte el consabido Tengo hambre! Tengo hambre! esta vez a una familia que pasaba por la acera de enfrente. Definitivamente aquel majadero era un ca-so perdido, ahora entenda porqu no es bueno dar consejos en este pas lleno de malagradecidos. Visto lo visto, le dije a Este-ban que ya no tratara de ayudarlo y que mejor lo olvide.

    Nosotros continuamos nuestro camino atravesando la ciudad, felizmente no era muy grande, y antes de media hora estbamos saliendo por su acceso sur. Vimos a un zapatero que atenda en medio de la calle y le preguntamos por Tinkuy.

    Mire seor, siga por all. Contine por la salida de la ciu-dad nos aconsej con media docena de clavos que sostena entre sus labios.

    Seguimos caminando y llegamos a una pequea rotonda, y en la prctica nos encontrbamos fuera de la ciudad. Pero no haba

  • El Horizonte

    43

    seas de Tinkuy, ningn cartel lo anunciaba. As que continua-mos por la carretera durante un cuarto de hora hasta encontrar ms adelante a una mujer joven que estaba lavando ropa en un arrollo.

    Buenos das, por dnde se llega hasta Tinkuy? le pregun-t a la mujer, la cual dej de lavar, se puso de pie secndose las manos en la falda y luego de dar un vistazo a los alrededores nos dijo que siguiramos por un pequeo camino de tierra que descenda hacia el valle. Al menos me pareca que si descen-damos deberamos ya estar bastante cerca. Poco despus estbamos internados entre cultivos de papa y otras tierras en preparacin. Andamos casi media hora pero no llegbamos a Tinkuy, muy extrao. Felizmente por el pequeo camino vena hacia nosotros un arriero viejo, con un burro llevando herra-mientas de labranza. Al pasar a nuestro lado nos detuvimos y luego de saludarlo:

    Buenos Das, caballero. Nos dice el cmo llegamos a Tin-kuy?

    El hombre se detuvo, ajust algo en el animal y sacndose el sombrero nos dijo amablemente:

    A Tinkuy? Regresen por el camino por el que han venido, suben y llegarn a una carretera de tierra. Es fcil llegar respondi, mientras el sargento Esteban me miraba incrdulo. Lo que nos deca no tena mucho sentido. Alguien engaaba a alguien.

    Perdone A la carretera de tierra? Dnde pasa un pe-queo arroyo?

    S seor, por all se llega. Perdone nuevamente, pero venimos de all. Una mujer que

    estaba en el camino nos dijo que tomemos este camino. O sea que se no era Tinkuy? pregunt desconcertado el

    arriero, que se qued pensativo un momento mirando alrededor nuestro- Ya s! Para llegar bien sigan bajando por este camino y van a encontrar una casa de paredes blancas con un rbol muy grande. Cuando lleguen a ella tomarn el camino de la derecha, si van por all llegarn a Tinkuy. No olvide, tiene que ser el de la derecha.

    Est usted seguro? Completamente seguro, seor dijo con una sonrisa satisfe-

    cho de habernos sido til. Nos despedimos y orden a Esteban

  • La Guerra de los Tenientes

    44

    que seguiramos por el camino que nos indicaba el arriero. Mientras caminbamos Esteban coment:

    Ha visto qu gentes ms raras hay por aqu?, mi teniente. Sabe Dios, nunca he llegado a entenderlos del todo dije. A los diez minutos habamos llegado a la casa blanca del des-

    vo. El arriero deca la verdad as que seguimos su consejo, pero luego de avanzar un buen rato el camino se estrechaba y a am-bos lados slo haba plantaciones de tunales, la mayor parte altos, ms altos que nosotros pero de Tinkuy ninguna seal. Nos tom casi media hora salir de aquel sitio, finalmente des-embocamos a una carretera de tierra en la que nos detuvimos para descansar un poco y tratar de orientarnos. Llegar hasta Tinkuy nos estaba costando ms de lo esperado. Cmo carajo se le ocurri a informante de Arturo escoger ese sitio tan difcil de encontrar? Para suerte nuestra apareci por la carretera un camin de color blanco que vena cargado dando tumbos por los baches del camino. Lo hice detener y me acerqu al conduc-tor. l s me dara razn de cmo llegar a Tinkuy, no como la manga de despistados que encontramos por el camino.

    Buenos das salud. S, buenos das. Seor, nos dice cmo llegamos a Tinkuy. A dnde?! preguntaba, el ruido del motor no ayudaba. A Tinkuy! Tinkuy? Tinkuy? Ah, a Tinkuy! S, se se. Huuuuuuuy, eso s que est lejos deca el del camin le-

    vantando un brazo como diciendo la que nos esperaba. Cmo que est lejos, carajo! Si estamos caminando toda la

    maana para llegar a l! le contest furioso; ya estaba bien que nos siguieran tomando el pelo. El conductor al ver mi reaccin apag el motor y descendi del camin.

    Pero seor Cul es el problema? Cmo que cul es el problema! Estamos toda la maana

    caminando para llegar a Tinkuy y la gente con la que nos encon-tramos no se pone de acuerdo en cmo llegar! Unos dicen que vayamos por un lado, otros por otro y ahora t que dices que est lejos!

    Eso le han dicho? S! Eso nos han dicho le respond al camionero que se

  • El Horizonte

    45

    qued pensativo. Le puedo hacer una pregunta? me dijo. Si, claro. Qu quieres? Y usted A qu Tinkuy quiere ir? pero me sorprendi

    completamente con esto ltimo. Cmo que a qu Tinkuy quiero ir? Quiero ir a Tinkuy so-

    lamente! A Tinkuy! Entiendes?! Es que hay varios Tinkuy. Varios Tinkuy? Cmo que hay varios Tinkuy? No puede

    haber varios lugares que se llamen lo mismo. Es absurdo! Seor, es que Tinkuy no es el nombre de un lugar. Cmo que no es el nombre de un lugar? Usted no sabe quechua? Verdad? No. Tinkuy es una palabra quechua que sirve para designar

    cruce de caminos. Por eso es que la gente no se pona de acuer-do para orientarlo.

    Vaya Dios. Haberlo sabido antes y me evitaba este embrollo. Me haba pasado toda la maana buscando el bendito lugar y resultaba que no exista. El informante ese de Arturo segura-mente era alguna especie de atontado incapaz de decir las cosas claras. Claro que la leccin ms importante es que esto me ocu-rra por ser un tonto; en estos meses lo poco de quechua que haba aprendido se limitaba a lo relacionado con la comida: ya-cu agua, mikuy comida, cachi sal, runtu huevo, y poco ms. Si hubiera tenido algo de inters las cosas hubieran sido diferentes, pero yo pensaba como todos: A quin le puede inte-resar aprender quechua? Para qu me servira? Pero para ser justos los pobladores con su idiosincrasia tampoco ayudaban. Una vez, los primeros das de mi llegada, trat de aprender algo y me propuse a practicarlo; encontr un par de campesinos que estaban conversando sentados en el suelo y trat de unirme a su conversacin dicindoles algo en quechua, pero estos en vez de contestarme se me quedaban mirando con una cara como si les hubiera hablado en marciano. As no hay quien aprenda nada.

    El camionero parti dejndome en medio de la carretera, esta vez blasfemando en arameo. Estaba realmente furioso, el tan misterioso informante me haba hecho perder toda la maana y caminar no s cuantos kilmetros gratuitamente.

    Operador de radio! Comunqueme con la comandancia!

  • La Guerra de los Tenientes

    46

    Quiero hablar con el teniente Arturo! Era casi medio da no haba avanzado nada en mi misin y el

    dichoso informante estaba no habido. A los pocos minutos me avisan que Arturo estaba a la radio.

    Arturo, hemos tenido un problema. Cambio. Cul problema? Contactaste con la persona indicada?

    Cambio. No Arturo. No hemos llegado a Tinkuy. Cambio. Cmo que an no has llegado a Tinkuy?! Te dije que par-

    tieras temprano! Cambio. Arturo T conocas Tinkuy? Cambio No, pero dicen que estaba cerca. Cambio. Sabes quechua? Cambio. No. Por qu? Cambio. Porque he descubierto que Tinkuy no es un lugar, es la de-

    nominacin genrica para cruce de caminos. Lo que ese tipo te dijo es que estara esperndonos en un cruce de caminos pero no nos dijo cul. Cambio.

    Arturo no coment nada, simplemente permaneci callado. El informante le haba arruinado su plan. Cmo iba a saber l en cul cruce de caminos estara esperando?

    Arturo! Me escuchas?! Cambio. S, s. Te escucho. Cambio. Ahora qu hago? Cambio. Mira, t sigue el plan como estaba previsto inicialmente.

    Haces el recorrido indicado y luego te enviaremos instruccio-nes. Queda claro? Cambio.

    S. Cambio. Muy bien. Corto. Corto. En conclusin, haba perdido toda la maana para nada. Aho-

    ra lo importante sera descender al valle y cruzar el ro cuanto antes. Quera superar las montaas antes del anochecer. Llam al sargento Esteban y organizamos la patrulla para ello. Llegar al ro sera relativamente fcil, slo haba que seguir la pendien-te en descenso, luego remontaramos la corriente y cruzaramos el puente.

    Continuamos con nuestro camino en medio de una gran can-tidad de tunales, al parecer la tierra era propicia para ello. Nos venan bien ya que sus frutos refrescaban; con experiencia po-

  • El Horizonte

    47

    damos comer una cantidad enorme en poco tiempo: bastaba sacar el cuchillo, escoger uno que a la vista est gordo y maduro y le dbamos un golpe con el lateral de la hoja, si caa a la pri-mera era que estaba maduro y dulce. Lo siguiente era casi automtico, con una ramita le dbamos unos cuantos golpes para hacerle perder las espinas, con un dedo la presionbamos contra el suelo y con el cuchillo cortbamos los extremos, al fi-nal con un tajo longitudinal tenamos el fruto abierto, bastaba ensartarlo con el cuchillo y llevarlo a la boca. Ya era un proce-dimiento casi mecnico.

    Seguimos descendiendo y comenzamos a sentir bastante calor, tanto as que nos quitamos las chompas que llevbamos desde la salida del cuartel. Inicialmente pens que era la hora del da que elevaba la temperatura, pero luego vimos que era debido a que estbamos llegando a la parte baja del valle. Esto lo descu-brimos por unos campesinos que estaban cosechando la tierra, cuando les pregunt por su cosecha de papa me dijeron que no estaban cosechando papa, estaban cosechando camote. Siempre cre que el camote no se sembraba en la sierra, slo en lugares clidos de la costa.

    La parte ms baja y clida del valle estaba bastante abando-nada, menos de la mitad de las tierras parecan trabajadas, las otras estaban descuidadas. Segn los pocos habitantes, la gente prefera no alejarse de la parte alta, donde estaban las poblacio-nes, por algo sera. Despus de casi una hora habamos llegado al ro, en el periodo de estiaje en que nos encontrbamos dejaba ver enormes extensiones de terreno pedregoso que formaba par-te de su cauce en poca de crecida. An as estaba bastante cargado, calcul que el ancho sera en ese lugar de entre cin-cuenta y sesenta metros con aguas torrentosas y turbias, imposible de atravesarlas sin un puente. Comenzamos a cami-nar hacia el sur en busca del puente indicado, era casi la una de la tarde y ya era hora de pensar en la comida, a lo lejos llegamos a divisar unas construcciones que se me antojaban casas, esta-ban entre algunos rboles y un pequeo caaveral dada su proximidad al ro. Los dos exploradores fueron por delante y al cabo de un rato nos hacan la seal que estaba todo limpio. Cuando nosotros llegamos ambos nos esperaban.

    Hay algo? pregunt. No. Han huido inform uno de los exploradores.

  • La Guerra de los Tenientes

    48

    Quines han huido? pregunt extraado. No lo sabemos, acaban de abandonar este lugar. Mire lo que

    encontramos me dijo mientras me conduca por fuera al otro extremo de la construccin mayor. Llegamos a un pequeo hor-nillo hecho de adobes apoyados en una pared. Por el tizne del humo pareca que se us durante mucho tiempo. A un lado haba una botella de aceite de cocina del cual quedaba un poco, una bolsa de sal y algunos sobres de condimentos usados. Las cenizas estaban an calientes, quienes estuvieron all haban huido con prisa ante nuestra llegada. Orden al sargento Este-ban que dividiera la patrulla y registre la zona:

    Esteban: un grupo que revise la casa, otro el caaveral y otro ms los rboles. Que tengan cuidado.

    Con un par de soldados yo comenc a verificar las cercanas. Una casa pequea que divisamos cerca estaba totalmente in-habitable, slo quedaban los muros exteriores, no haba techo y el interior estaba tan abandonado que haban crecido hierbas y matas de espinos que asomaban por las ventabas hacia el exte-rior. Ms llamaba la atencin una construccin grande, era rectangular de unos quince metros de largo y estaba hecha de tapial enlucido con barro, se notaba bastante viejo pero an conservaba su techo de tejas de barro a dos aguas. No tena ven-tanas y era imposible ver su interior. En un extremo haba un portn grande hecho de madera slida y permaneca cerrado gracias a cerrojos de hierro forjado sostenidos por dos candados enormes, ambos oxidados en seal que no se haban abierto en mucho tiempo. La verdad es que por su tamao me pareci una pequea iglesia de pueblo, slo que no haba pueblo y tampoco tena campanario. Supuse que poda haber sido un almacn o corral pero no haba seguridad, tampoco estbamos para ir de-rribando puertas as como as.

    Al poco regres el resto de la patrulla. Tal como lo supona no haba ni rastro de los que estuvieron cocinando hace un mo-mento. Quines eran? No poda saberlo, quizs pobladores que trabajaban la tierra pero tampoco se vea sus herramientas ni tierras labradas cerca. Por qu huyeron? Tampoco se me ocu-rra.

    Preparamos la comida? Mi teniente pregunt Esteban. No, que la patrulla se mantenga equipada y continuaremos

    al sur. Buscaremos otro sitio mejor.

  • El Horizonte

    49

    Algn motivo? Mire que ya tenemos hasta la hornilla para cocinar preparada.

    No s, Esteban. Pero no me gusta este lugar. Particularmen-te cuando minutos antes alguien ha huido de nosotros, cada vez me vuelvo ms desconfiado por experiencia que por naturaleza. No me gustara correr riesgos. Mejor continuamos y en otro lu-gar preparamos la comida. Con un cuarto de hora de camino estaremos a un kilmetro.

    La decisin no fue la mejor, a partir de ese lugar ya no encon-tramos construcciones en nuestra margen del ro. Peor an, llegamos a una parte en la que el lecho seco del ro se ensancha-ba bastante en ambas riberas, causando que nos desplacemos entre rocas y piedras grandes calcinadas por el sol sin vegeta-cin alguna. Al cabo de media hora los exploradores se detuvieron mirando la otra orilla del ro. Cuando los alcanza-mos nos indicaron que haban visto gente con mochilas que se dirigan al norte. Yo mir la otra orilla pero no vi nada.

    All no estn, estn ms hacia el norte dijo el explorador sealando la diagonal que cruzaba el ro, y efectivamente se po-dan ver dos o tres personas caminando. Realmente estaban lejos.

    Como en aquel momento era una simple curiosidad, Esteban, yo y unos soldados subimos a unas piedras grandes para obser-var mejor. Fue en ello cuando los extraos de las mochilas tambin nos vieron y detuvieron su marcha. Ahora eran ellos los que nos contemplaban.

    Saqu mis prismticos, pero slo pude ver que eran tres lle-vando mochilas, no poda distinguir si llevaban armas. Lo que en s ya era extrao, los pobladores de la zona no suelen usar mochilas sino mantos llamados quipis para transportar car-gas. Mientras discutamos con Esteban del origen de esas gentes escuchamos un lejano toc, seguido un momento despus de otro.

    Mi teniente, parece que nos estn disparando. S Esteban, nos estn disparando pero estn lejsimos. Qu

    cabrones. Qu hacemos? Nombra a los tres mejores tiradores de la patrulla y que

    vengan con sus mochilas. Vamos a dispararles mi teniente?

  • La Guerra de los Tenientes

    50

    Y qu pensabas decirles a esos desgraciados? Alto, en el nombre de la ley?

    Bueno eso exactamente no. Mejor lo usual en estos casos antes de usar las armas: avisarles tres veces que las vamos usar, hacer un tiro al aire de advertencia y

    Mira Esteban, te lo voy a simplificar: todo eso se fue al cara-jo cuando ellos dispararon primero.

    En menos de un minuto estaban los tiradores, seleccionados por Esteban.

    Aqu los tiene: los cabos Huerta, Manyari y el soldado Del Solar.

    Del Solar? El de la ltima promocin? Ese mismo. Pues tampoco me deba sorprender la seleccin de un tirador

    de la ltima promocin, es sabido que hay personas que tienen una habilidad natural para disparar con precisin, cmo? No lo s, simplemente disparaban muy bien si haber tenido una pre-paracin previa, algo casi instintivo.

    Estn muy lejos. A qu distancia reglamos los fusiles? pregunt Esteban.

    Coge el visor del lanzacohete, encuadra a alguno de los que tenemos al otro lado del ro y me dices en qu hilo del visor lo ubicas.

    Esteban levant el visor ptico del lanzacohetes y luego de unos momentos de encuadre dijo que estaban en el hilo de los doscientos metros, lo que significaba que la distancia real sera de aproximadamente poco menos de cuatrocientos cincuenta metros.

    Cuatrocientos cincuenta metros es mucho. S, al lmite del alcance efectivo de los fusiles; va a ser difcil.

    Que los tiradores se coloquen en el suelo con las mochilas de apoyo. Cuando los tengan a punto que disparen, que se tomen su tiempo que no hay prisa.

    As empezaron los disparos, mientras Esteban con el visor y yo con los prismticos permanecamos de pie tratando de reglar el tiro, pero la distancia y la reverberacin del sol sobre las pie-dras del lecho del ro no ayudaban.

    Con qu nos estarn disparando? preguntaba Esteban. Son fusiles, Quizs AKM o FAL. Si es con AKM sus balas

    llegarn con muy poca fuerza.

  • El Horizonte

    51

    Y si son FAL estamos igualados complet Esteban. Yo no estara tan seguro. La mayor parte de los fusiles FAL

    que tienen fueron robados de los puestos de la Guardia Repu-blicana y, si bien es cierto que son tan antiguos como los nuestros, no tienen el desgaste de los del ejrcito. Son compara-tivamente nuevos. Es ms, los nuestros estn tan maltratados y descalibrados que difcilmente creo que sean efectivos a los tres-cientos metros, mira el interior de las nimas y sabrs de lo que te hablo.

    Esto era cierto, tanto as que cada vez que alguna patrulla re-cuperaba un fusil a Sendero, los armeros del batalln se peleaban como buitres para extraerles las piezas y reutilizarlas como repuestos para reparar los nuestros. Al final, lo que se en-viaba a la comandancia como material capturado no era ms que un trozo de metal intil. Mientras hablbamos escuchamos pasar por sobre nuestras cabezas un zumbido como de shshshshshsh, parecase el ruido de una abeja coja.

    Esa pas cerca. S Esteban, mejor nos agachamos que no quiero alegrarles la

    maana. Escucharme los tiradores! Reglen el tiro de tal manera que apunten de la cintura para abajo!

    Disparamos slo para herir? No exactamente, prefiero que el tiro salga bajo porque si es

    as una bala que toca el suelo rebota y an puede hacer dao, en cambio aquellas que pasan por encima de sus cabezas se pier-den para siempre.

    Despus de veinte minutos orden suspender el tiro, definiti-vamente era una prdida de tiempo y un gasto intil de municin. La misma conclusin debieron haber llegado los del otro lado que tambin dejaron de disparar y continuaron su ca-mino hacia el norte, perdindoles nosotros de vista.

    Habamos tenido un contacto pero el resultado haba sido ne-gativo, no pudimos acertar en los disparos y, lo que es peor, estando ellos en la otra orilla era imposible perseguirlos, ni an por el puente peatonal que estaba ms al sur, nos llevaran de-masiada ventaja. Se nos ocurri que si efectivamente mantenan su rumbo al norte caminando por la margen izquierda del ro podran ser interceptados por una patrulla de la base que se en-contraba en el lmite de Huancavelica. Establecimos contacto por radio con la comandancia ya que no podamos comunicar-

  • La Guerra de los Tenientes

    52

    nos con aquella base directamente dada la incompatibilidad de las radios. Habl con