Los Mortales - Eugenio Alarco

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Partió una expedición de la tierra, surcando los cielos, para establecer comunicación con otros planetas. La nave cósmica sufrió grave percance al chocar con un asteroide. Quedaron paralizados sus mecanismos y nunca se llegó a conocer el destino que tuvieron los ocho navegantes que en ella viajaban. Pasaron centurias o milenios. En su transcurso, la humanidad fue dominando por completo la técnica, acabó de conquistar los inmensos espacios. Pudo vencer a las enfermedades, al envejecimiento a la muerte. Los hombres, convertidos en seres inmortales, vivían plácidamente en nuestra tierra. Habían terminado matanzas y guerras, atropellos y hambrunas. El mundo era dirigido por individuos ejemplares, paradigmas. En última instancia, lo gobernaba un cuerpo de personas excelsas, a las que se conocía por los Grandes. Acuciaba a los inmortales un gran interés por la historia del remoto pretérito de los hombres. Esperaban hallar en vetustas fuentes alguna explicación sobre los graves males que en lo pasado de los tiempos aquejaran a la humanidad. Las despiadadas luchas, los vicios y los odios, los encarnizamientos. Pero no todo el género humano disfrutaba del privilegio del ser inmortal. Sólo los escogidos. El resto tenía que habitar en distantes mundos, donde la gente padecía y moría como siempre los hombres habían padecido y habían muerto. Poco sabían estos mortales acerca de la historia de sus antepasados lejanos, de los antiguos inventos, las costumbres, las máquinas monstruosas. Unos u otros estaban sujetos a diversas condiciones de existencia, para poderse observar su comportamiento. En general, debían elevarse por si solos, con esfuerzos propios, sin contaminarse de las viejas humanas dolencias. De entre estos seres seleccionaban los inmortales a los pocos que consideraban dignos de ser llevados a convivir con ellos y de alcanzar la inmortalidad. En esa forma habíanse organizado los mundos. Cierta vez llegaron los inmortales a encontrar, en sus divagaciones por los espacios cósmicos, disgregados en el solitario asteroide, los restos de la expedición salida tiempo atrás de la tierra. Mediante su portentosa ciencia hicieron volver a la vida a dos de los antiquísimos nautas, Angel y Néstor, en quienes el proceso vital, por las especiales condiciones y el intensísimo frío allí reinantes, había suspendido su función. El mundo de los inmortales los acogió con gran beneplácito. Angel era luchador, arrogante, impetuoso. Su temperamento no le permitió adoptar las normas de bienvivir y afabilidad impuestas por los inmortales en la tierra. De él se enamoró Crisálida, delicada mujer qué estuvo encargada de cuidar a ambos viajeros mientras volvían a la vida, Pasado un tiempo, ante las insubordinadas actitudes y el ingrato comportamiento de Angel, los inmortales lo sentenciaron al destierro, enviándolo a uno de los cuerpos celestes donde residían los mortales. Junto a él partió Crisálida, esperanzada en reformarlo con su amor. Néstor era, en cambio un ser contemplativo, sensible. Conoció a Delfina, que vivía en el fondo de los mares, a quien los artistas del mundo veneraban como diosa. Ambos se amaron y al cabo a él se le concedió la prerrogativa de la inmortalidad. Mas frente a ese destino, tan opuesto al que le fuera deparado a su compañero prefirió Néstor fugar de un mundo en que no se creía con derecho a permanecer. Por medio del traje que los inmortales utilizaban para el vuelo, se elevó a inmensurables alturas de los cielos, hasta que estal

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EUGENIO ALARCO

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ltF:COIETTABIOSCe la Drensa de T.la sobre la novela *Ir xaeii ae los uudoY' del mismo autor:

Del Dr. Don Jos Glvezl '?-