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JOSE MARA LASALLE

JOHN STUART MILL: UN LIBERAL DE FRONTERA

1. ENTRE VICTORIANOS EMINENTES

Deca Ortega en Historia como sistema que el diagnstico de una exis-tencia humana de un hombre, de un pueblo, de una poca tieneque comenzar filiando el repertorio de sus convicciones. Por qu?La respuesta es clara. Constituyen el suelo sobre el que se erige la vida delas personas. Lo demuestra John Stuart Mill cuando reivindicaba el valormoral del imperio britnico. Deca que era entre todos los imperios de lahistoria el ms puro en la intencin y el ms beneficioso en la accin.Con estas palabras daba la razn a Ortega y se retrataba como un hombreplenamente asentado sobre las convicciones de su poca.

Hablar de Mill (1806-1873) supone hacerlo de un victoriano. Alguien quepersonifica la brillantez y las tensiones que configuran el sustrato ideal deuna Inglaterra que, como explica Niall Ferguson, fue capaz de desbordar lasfronteras europeas de la civilizacin ilustrada, convertirse en el patrn delprogreso humano y, con l, de sus paradojas y contradicciones. Mill es un es-labn ms dentro de una larga cadena que engarza una coleccin de nom-bres al servicio del desarrollo de la revolucin intelectual, poltica y socialque estuvo detrs de aquella gran instauracin de la que habl Bacon en el

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Jos Mara Lassalle es Profesor de Sistemas Polticos Comparados. Universidad San Pablo-CEU,Madrid

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siglo XVI y que, luego, continuaron Locke, Newton, Smith, Hume, Benthamo Darwin. Encarna plsticamente la idea de que Inglaterra era el instrumentodel progreso universal del ser humano. Algo en lo que crea la inmensa ma-yora de los hombres de su tiempo, tal y como destaca Simon Schama enAuge y cada del imperio britnico, pues, mientras los reinos de media Europamostraban su grandeza con hsares y caones, Inglaterra lo haca llenandode prodigios tcnicos y cientficos la Exposicin Universal de 1851.

Para las mentes liberales decimonnicas, las islas britnicas eran el soportede la libertad, la ciencia y la prosperidad del planeta. Haban tejido una ca-pilaridad que les permita dominar una cuarta parte de la superficie delmundo, haciendo de la anglofilia una forma de vida asumida por las elites deEuropa y Occidente como una segunda piel que recubra la de su nacimiento.Y as, en palabras de Ian Buruma, durante los casi trescientos aos siguientesa la Revolucin Gloriosa, Gran Bretaa atrajo a los liberales de toda Europa,incluida Rusia, por su notable combinacin de cortesa y de libertad.

Es evidente que no todo era idlico en aquella especie de laboriosa col-mena cientfica y fabril. Las instituciones democrticas estaban pendientes deuniversalizarse, tarea que fue paulatinamente abordada a lo largo del siglo. Laestructura de la sociedad adoleca de fuertes desequilibrios en el reparto dela renta, reclamndose a derecha e izquierda polticas que corrigieran lasfuertes desigualdades reinantes en la sociedad inglesa, tal y como reivindica-ban tories recalcitrantes como Dickens, Coleridge o Ruskin; utpicos refor-madores como Owen y, por supuesto, delirantes revolucionarios como Marxy Engels. Con todo y con eso, los flancos de tensin y fractura que mostrabaInglaterra no debilitaron su fortaleza ni impidieron que el pas prosperase, sedemocratizara y ampliara la base de su bienestar econmico, alcanzandocotas de progreso y libertad inimaginables un siglo antes.

El rostro que muestra la Inglaterra del siglo XIX es el de sus protagonis-tas: los victorianos. Los hombres y mujeres que acompaaron la construc-cin de aquel imperio de las buenas intenciones que alcanz su apogeo en1901. Lo demuestra Lytton Strachey cuando retrata la poca a travs de lasbiografas de cuatro victorianos prototpicos: el cardenal Mannig, FlorenceNightindale, Thomas Arnold y el general Gordon. Para el fundador del cr-

culo de Bloomsbury, en todos ellos estaban las coordenadas morales e in-telectuales que modelaron la sintomatologa de las seis dcadas del reinadode Victoria y que lograron un curioso andamiaje de convicciones y visionesque fueron equilibradamente ensambladas. Basta asomarse a esa otra galerade victorianos eminentes que contiene la primera planta de la NationalPortrait Gallery de Londres para confirmar que el espritu de los tiemposimpregn con un particular sello de convicciones a todos sus protagonistas.Y as, una tras otra, las salas van mostrando al visitante rostros severos yorgullosos, flamantes en su confianza acerca del futuro de su pas y de la ci-vilizacin occidental. Ciencia y religin, aristocracia y empresa, tcnica ytradicin, naturaleza e industria, imperio y ruralismo, aventura y seguridad,liberalismo y conservadurismo, en fin, un conjunto de opuestos en aparentetensin, pero equilibrados bajo la cosmovisin victoriana.

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CUADERNOS de pensamiento poltico

John Stuart Mill por Frederic Watts. Copyright: National Portrait Gallery, London.

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Muestra de ello es la sala en la que el prerrafaelista George Frederic Wattsexhibe sus cuadros, y donde se encuentra el retrato de John Stuart Mill, pin-tado en 1873 poco antes de que el pensador muriese en Avignon. De hecho,su rostro ve con aire declinante una eternidad que parece dibujarse en elsuelo. Sin embargo, lo hace con el temple seguro de quien ha logrado superarindividualmente sus tensiones, tal y como muestra esa amplia y profusa frenteque da equilibrio a su personalidad y que parece avanzar con firmeza en posde una coronilla despejada pero enmarcada por romnticos mechones. Esms, observando con mirada atenta las arrugas que remarcan la firmeza vo-luntariosa de su mentn y la disposicin enrgica de su boca, se comprendenmejor sus complejas coordenadas biogrficas e intelectuales.

Y es que en Mill se plasma con detalle minucioso el liberalismo de unapoca expuesta a tensiones muy abruptas. Un liberalismo basado en una ar-quitectura sostenida por convicciones personales. Como seala con aciertoCarlos Mellizo en el prlogo a la Autobiografa de Mill, esas conviccionesfueron, en realidad, un programa poltico. A travs de l se perfil un diseofronterizo que adapt el liberalismo a los desafos de su tiempo, defendiendola abolicin del privilegio y del abuso; la lucha contra la barbarie elitista ytambin contra la barbarie popular; el reconocimiento de las dignidades b-sicas de los seres humanos, hombres y mujeres por igual; el universal derechoal sufragio; la abolicin de la esclavitud y del racismo; la supresin del castigocorporal; el derecho al trabajo; el respeto a la legtima voluntad de indepen-dencia de los pueblos frente al centralismo colonialista [y] la extirpacin delprejuicio. Quiz, por eso mismo, el catlogo de la Portrait Gallery es tan ro-tundo. Afirma de Mill que fue un filsofo que estuvo profundamente com-prometido con el bienestar social, siendo el ms influyente pensador de sutiempo y la ms precisa personificacin de la opinin liberal victoriana.

2. LA IMPLOSIN DE UN PRODUCTO UTILITARISTA

Hay en la vida de John Stuart Mill un momento trgico que desmiente latesis de su mentor, Jeremy Bentham, de que el hombre es un manojo de re-ceptores sensoriales que responden a impulsos de dolor y placer que pue-den ser manejados por una inteligencia adiestrada en la aritmtica moral y

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el conocimiento cientfico. La biografa de Mill demuestra que la irrupcinde lo inesperado puede hacer que un presente crtico trastorne un ordenestablecido y aparentemente imperturbable. Su vida confirma, en el fondo,una vieja tesis liberal: que el hombre siempre est expuesto a la incerti-dumbre, especialmente en lo que atae a determinar cules han de ser losresultados que se derivan de nuestras acciones.

Lo explica Mill en su Autobiografa al relatar con unos versos de Carlylecmo su existencia se vio trastornada de raz cuando se adue de l:

Una tristeza sin dolor, vaca, oscura y lgubre,

Una tristeza adormecida, sorda y desapasionada,

Que no encuentra salida ni consuelo

En la palabra, el suspiro o la lgrima.

Esta tristeza comenz inesperadamente en el otoo de 1826. Se produjodurante un ejercicio de introspeccin, cuando se pregunt lo siguiente:Suponte que todas tus metas en la vida se hubiesen realizado; que todaslas transformaciones que t persigues en las instituciones y en las opinionespudieran efectuarse en este mismo instante: sera esto motivo de gran ale-gra y felicidad para ti? Y mi conciencia, sin poder reprimirse, me contestoclaramente: No!.

La consecuencia de esta negativa interior fue una profunda depresinal ver cmo se impugnaban los presupuestos utilitaristas en los que habasido educado. No hay que olvidar que, de acuerdo con ellos, la naturalezahumana haca que fuese bueno o malo aquello que era capaz de producirplacer o dolor, respectivamente. Y como la felicidad generaba placer y eradeseable universalmente porque todo el mundo la persegua, entonces, elnico criterio moralmente vlido era la bsqueda de la felicidad con el finde maximizarla. Para conseguirlo, los utilitaristas crean que poda adies-trarse la voluntad humana a travs del conocimiento; que es lo que habanhecho con John Stuart Mill. Lo haban educado siguiendo unos hbitospedaggicos con los que poder discernir la felicidad que le proporcionaransus acciones, pues, cuanto mayor fuera aqulla, mayor sera tambin suidoneidad moral. Para lograr este objetivo, su padre James Mill lo someti

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a una frrea doma intelectual. A los tres aos, aprendi griego; luego arit-mtica y filosofa para, a los ocho, dar el salto al lat