El materialismo histórico como programa de...

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  • Instituto de Estudios Sociales Avanzados (CSIC)

    Documento de Trabajo 92-04

    El materialismo histrico como

    programa de investigacin

    Ludolfo Paramio

    Instituto de Estudios Sociales Avanzados CSIC

    Publicado en E. Lamo de Espinosa y J.E. Rodrguez Ibez, comps., Problemas de teora social contempornea, 551-590,

    Madrid: Centro de Investigaciones Sociolgicas, 1993.

  • El materialismo histrico como programa de investigacin*

    Ludolfo Paramio

    Instituto de Estudios Sociales Avanzados (CSIC, Madrid)

    1. Marxismo y filosofa de la ciencia

    Para la mayor parte de los filsofos de la ciencia de los aos 60, el psicoanlisis y el marxis-mo eran, a veces en competencia con la astrologa, los mejores ejemplos de falsas ciencias: una teora unificada pero que no admite contrastacin con los hechos, pues la adecuacin de la teora a la realidad debe ser juzgada por los propios creyentes en la teora, por la propia comunidad que la mantiene.

    Para un popperiano el marxismo es cientfico si los marxistas estn dispuestos a espe-cificar los hechos que, de ser observados, les induciran a abandonar el marxismo. Si se niegan a hacerlo el marxismo se convierte en una seudociencia. Siempre resulta in-teresante preguntar a un marxista qu acontecimiento concebible le impulsara a aban-donar su marxismo. Si est comprometido con el marxismo, encontrar inmoral la es-pecificacin de un estado de cosas que pueda refutarlo (Lakatos, 1977b: 12; he cam-biado la traduccin y el subrayado es mo).

    Lo ms paradjico es que cuando Lakatos escriba estas palabras (en 1973) el marxismo atra-vesaba una fase de hegemona cultural en los pases de la Europa y la Amrica latinas, y haba comenzado un notable auge en los medios acadmicos anglosajones. Y a la vez, sin embargo, nunca haba sido tan claro que esta hegemona y este auge coincidan con un completo caos respecto a lo que pudiera entenderse por marxismo. Las ms dispares interpretaciones filos-ficas se pretendan marxistas, y un nmero considerable de autores se atribuan adems la nica interpretacin ortodoxa de la herencia de Marx, con resultados francamente heterog-neos. El diagnstico lgico era, por tanto, que el marxismo se haba convertido en un sistema de valores y creencias, o, hablando de forma ms precisa, en un conjunto de sistemas que slo compartan el anticapitalismo, la creencia en una indeterminada revolucin que dara paso al

    * Publicado en E. Lamo de Espinosa y J.E. Rodrguez Ibez, comps., Problemas de teora social contempo-

    rnea, 551-590, Madrid: Centro de Investigaciones Sociolgicas, 1993.

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    socialismo, y el reconocimiento de Marx como fundador de las respectivas iglesias y sectas. Tena sentido decir, por tanto, que un marxista considerara indecoroso especificar algn acontecimiento terreno que pudiera llevarle a dejar de ser marxista. Curiosamente, eso no parece haber preocupado especialmente en la poca a aquellos que, incluyndose en ese confuso campo de creencias y valores que se identificaban con el marxismo, pretendan adems que el materialismo histrico tena un contenido cientfico, en cualquier significado que se quiera dar al trmino. La filosofa de la ciencia era simplemente ignorada como una ciencia burguesa, positivista. Las races de ese desencuentro son varias. Desde la desdichada y confusa arremetida de Lenin contra Mach en su Materialismo y empiriocriticismo (que tantos sufrimientos ocasion a quienes en su juventud intentaron apurar el vaso del leninismo hasta la ltima gota), la filoso-fa de la ciencia poda ser vista como sospechosa de idealismo. Pero es bastante poco veros-mil que la indudable continuidad entre Mach (1886) y el primer Carnap (1928) baste para explicar la ausencia de dilogo entre el marxismo y la filosofa de la ciencia: se pueden en-contrar razones histricas adicionales. La filosofa de la ciencia de este siglo est dominada hasta la dcada de los 60 por dos gran-des escuelas, el positivismo lgico del Crculo de Viena y el falsacionismo de Karl Popper. Como nadie ignora, Popper fue por un breve perodo socialdemcrata, y en el ambiente de la Viena de 1929 (fecha del Manifiesto del Crculo) el (austro)marxismo tena una marcada in-fluencia1. Se poda pensar que haba condiciones para el establecimiento de algn tipo de co-municacin entre ambas culturas. El ascenso del fascismo alemn, sin embargo, devast el terreno en el que este encuentro se poda haber producido. Los positivistas lgicos y Popper (que nunca quiso considerarse como uno de ellos) emigraron a Gran Bretaa y Estados Uni-dos. Y en este nuevo medio intelectual el dilogo con el marxismo ya no sera posible. Ciertamente, tambin los ms destacados miembros de la Escuela de Francfort emigraron a Estados Unidos. Pero all desarrollaron su exilio intelectual en una cmoda marginacin de las corrientes filosficas anglosajonas, y manteniendo a lo ms un dilogo con otro gran pen-samiento exiliado, el psicoanlisis revisado o radical. No haba muchas posibilidades de que la filosofa de la ciencia se ocupara seriamente de este marxismo2.

    1 Dentro del propio Crculo, Otto Neurath manifestaba un notable inters por el marxismo. 2 Habra que esperar hasta el final de los aos 60 para tener algo parecido a un dilogo entre marxistas franc-

    fortianos y un Popper muy solitario: vase Adorno et al. (1969).

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    Pero el pensamiento del Crculo de Viena tena muchos rasgos que deberan haber posibilita-do el dilogo con el marxismo, por ejemplo su profundo aborrecimiento de la metafsica y su bsqueda de hechos duros sobre los que basar el conocimiento. El primer empirismo lgico haba tratado de delimitar el verdadero conocimiento cientfico sobre la base de su confirma-bilidad por la experiencia, a la vez que trataba de buscar enunciados protocolares (correspon-dientes a experiencias inequvocas e intersubjetivas) sobre los que pudiera fundamentarse cualquier teora con pretensiones de ciencia, de forma que todo enunciado terico se remitiera finalmente a enunciados protocolares y pudiera ser, por tanto, considerado significativo. Este intento ofrecera sin embargo dificultades crecientes, que abrieron una compleja discu-sin sobre el concepto de grado de confirmacin (inductiva) de una teora (Lakatos, 1977a: 174-268), y obligaron a nuevas versiones del principio de significatividad, de las que son re-presentativas las diversas tentativas de Carnap y del portavoz ingls del Crculo, A.J. Ayer, y que se describen crticamente en un conocido ensayo de Carl Hempel (Hempel, 1959). En 1934, con su Logik der Forschung (Popper, 1959), Karl Popper lanz una alternativa radical a la perspectiva de la confirmabilidad y la significatividad de los enunciados, con su propuesta de un criterio de falsabilidad como demarcacin del pensamiento cientfico frente al que no lo es. Su razonamiento es muy simple: por muchas observaciones que confirmen una teora, sta nunca podr probar que es completamente cierta, ya que siempre son imaginables nuevas ob-servaciones que la desconfirmen. Por tanto lo que caracteriza a una buena teora no es estar altamente confirmada por la experiencia, sino ser altamente contrastable: ofrecer de continuo nuevas y crecientes posibilidades de ser falsada por observaciones que la desconfirmen. La clave de este razonamiento es que una buena teora cientfica debe poderse someter a ex-perimentos cruciales de los que deber salir airosa so pena de verse abandonada y sustituida por una nueva teora. El progreso cientfico es as fruto de la contrastacin y falsacin de las teoras. Y una teora que no sea contrastable ni es cientfica ni permite el progreso del cono-cimiento, ya que, por definicin, no es falsable. Esta era la base del rechazo por los popperianos del marxismo como falsa ciencia: para un marxista comprometido ninguna prediccin fallida, ningn experimento crucial, podan lle-varle a revisar su compromiso. A lo que se una la lgica distancia entre una tradicin filos-fica anglosajona, profundamente anclada en la voluntad de claridad analtica y empirismo, y lo que haba llegado a ser en la Europa continental, tras la guerra, el marxismo occidental (Anderson, 1976), muy ligado al existencialismo o a la filosofa hegeliana. El rechazo de los galimatas hegelianos, en funcin de un afn de claridad analtica, justificaba lgicamente la

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    mayor prevencin ante una filosofa que se pretenda especfica y superior en virtud de su comprensin de la dialctica hegeliana, o mejor dicho, de su apropiacin una vez puesta sobre sus pies y vigorosamente reconvertida en dialctica materialista. Pero la ortodoxia falsacionista de los seguidores de Popper recibira un duro golpe con el ad-venimiento de Thomas S. Kuhn (Kuhn, 1962). Para l, lo que caracteriza a la ciencia real (lo que denomina ciencia normal) es la adhesin dogmtica a un paradigma, a un marco terico heredado, que significa a la vez una serie de logros cientficos ejemplares, una manera de abordar el anlisis de los rompecabezas que el cientfico encuentra en su prctica cotidiana y, sobre todo, una definicin implcita de los problemas que la teora puede plantearse y de la forma de resolverlos. La adhesin dogmtica al paradigma implica que el motor del progreso cientfico no es la falsacin de teoras, sino el principio de tenacidad con el que el investigador, desde su para-digma, intenta hallar solucin a los rompecabezas que surgen en su trabajo cotidiano. Y cuan-do se enfrenta a una anomala, a un problema que no encuentra solucin dentro del paradigma heredado, no considera esta anomala como un experimento crucial que falsa la teora, y me-nos an la descarta. Recurre a hiptesis auxiliares (e incluso descaradamente ad hoc) para explicar las observaciones incmodas, y en caso extremo las ignora. Slo cuando las anomal-as se acumulan indecoro