(Conan 09) Conan El Guerrero

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    Traduccin de Beatriz OberlnderIlustracin cubierta: Ken KellyTtulo original: Conan the Warror

    Indice

    Introduccin (L. Sprague de Camp)

    Clavos rojos (Robert E. Howard)

    Las joyas de Gwahlur (Robert E. Howard)

    Ms all del ro Negro (Robert E. Howard y L. Sprague de Camp)

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    Introduccin

    De los diversos tipos de narrativa, la que brinda la ms pura diversin es la fantasaheroica; se trata de historias de espada y brujera, que se desarrollan en un mundoimaginario -ya sea en este planeta, tal como pudo ser hace muchos aos, o en el futuroremoto, o en otro mundo, o en otra dimensin- donde la magia funciona y todos loshombres son poderosos, todas las mujeres hermosas, los problemas sencillos, y la vidaes una aventura. En un mundo como ste, las radiantes ciudades apuntan con susbrillantes torres a las estrellas; los brujos lanzan hechizos siniestros desde sus guaridassubterrneas; los espritus malignos caminan, y acechan en las ruinas; los monstruosprimitivos se abren camino a travs de la selva, y el destino de los reinos depende de lashojas sangrientas de las espadas empuadas por hroes de primitiva fuerza y valor.

    Uno de los escritores ms importantes de fantasa heroica fue Robert Ervin Howard (1906-1936), que vivi la mayor parte de su vida en Cross Plains, Texas. Howard escribi muchosrelatos de literatura popular para revistas de su poca. Jack London, Talbot Mundy, HaroldLamb, Edgar Rice Burroughs y H. P. Lovecraft influyeron mucho en l.

    El personaje ms importante creado por Howard fue Conan el Cimmerio. Se supone que stevivi hace unos doce mil aos, en la Edad Hiboria, despus del hundimiento de Atlantis y antesdel comienzo de la historia escrita conocida por todos. Se trata de un gigantesco aventurerobrbaro nativo de Cimmeria, una tierra que se encuentra al norte del continente. Conanatraviesa ros de sangre y vence a sus enemigos naturales y sobrenaturales, y se conviertefinalmente en soberano del reino hiborio de Aquilonia.

    Dieciocho historias de Conan fueron publicadas en vida de Howard, y muchas ms fuerondescubiertas en forma de manuscrito despus de su temprana muerte. He tenido el privilegio depreparar estas ltimas para su publicacin y de completar aquellas que estaban inacabadas.

    Conan lleg de joven al reino de Zamora y vivi durante varios aos de forma precaria comoladrn en ese mismo reino, y luego en Corinthia y en Nemedia. Ms adelante trabaj comosoldado mercenario, primero en el reino oriental de Turan y despus en los reinos hiborios.Obligado a huir de Argos, se convirti en pirata en las costas de Kush, en compaa de la piratashemita Belit y de un grupo de corsarios negros. All se gan el apelativo de Amra el Len.

    Despus de la muerte de Belit, Conan volvi a trabajar como mercenario en Shem y en losreinos hiborios vecinos. Ms tarde prueba suerte entre los kozakos, unos proscritos nmadas delas estepas orientales; luego con los piratas del mar de Vilayet y despus con las tribus de losmontes Himelios, que se encuentran en la frontera que separa Iranistn de Vendhya. Luegovuelve a trabajar como soldado en Koth y en Argos y se convierte por poco tiempo en co-gobernante de la ciudad desrtica de Tombalku. Despus vuelve al mar, primero como pirata delas islas Baracha y despus como capitn de un barco de bucaneros zingarios. Al comenzar lasaventuras de este libro, Conan tiene unos cuarenta aos.

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    L. SPRAGUE DE CAMP

    Clavos rojos

    Durante un par de aos, Conan desempea con xito el oficio de pirata como capitn

    del barco Holgazn. Pero los dems piratas zingarios, celosos de los triunfos del extranjero

    que se encuentra entre ellos, finalmente logran hundir su barco delante de las costas de Shem.

    Conan huye entonces tierra adentro, y se entera de que se estn produciendo contiendas en lasfronteras de Estigia. El cimmerio se une a un grupo de Compaeros Libres, una de tantas

    bandas de mercenarios que luchan por cuenta propia bajo el mando de un tal Zarallo. Enlugar de conseguir un rico botn, Conan se ve obligado a montar guardia en el puesto

    fronterizo de Sukhmet, limtrofe con los reinos negros. All el vino es agrio y los beneficiosescasos. Adems, Conan se cansa pronto de las mujeres negras. Su aburrimiento termina con

    la aparicin de Valeria de la Hermandad Roja, una mujer pirata que conoci cuando conviva

    con los bucaneros de las islas Barachanas. La muchacha toma medidas drsticas ante losexcesos de un oficial estigio y luego huye, y entonces Conan la sigue hasta las tierras negras.

    1. La calavera en el risco

    La mujer que iba a caballo tir de las riendas y el cansado corcel se detuvo El animalqued patiabierto y con la cabeza colgando, como si le hubiera pesado demasiado el arnsdorado guarnecido con cuero rojo. La mujer sac una bota del estribo de plata y se baj del

    caballo. Luego at las riendas a la rama de un arbusto y mir a su alrededor, con las manos enlas caderas.

    Lo que vio no le result agradable. Unos rboles altsimos se encontraban sobre la laguna en laque el caballo acababa de beber. Unos sombros matorrales limitaban la visin entre lassombras que proyectaban las densas ramas. Los esplndidos hombros de la mujer seestremecieron, y luego profiri una maldicin.

    Era una mujer alta, de busto generoso, largas piernas y hombros firmes. Todo su cuerporeflejaba una fortaleza poco habitual entre las de su sexo, pero a pesar de ello su feminidad nose resenta en absoluto. Se notaba que era una mujer de la cabeza a los pies, pese a su actitud y

    a su atuendo. Este ltimo era el adecuado, teniendo en cuenta el lugar en el que se hallaban. Enlugar de falda usaba unos pantalones de montar de seda, sujetos a la cintura por un amplio fajn.Llevaba unas botas de cuero fino que le llegaban hasta las rodillas, y completaba su atavo unacamisa de seda escotada y de mangas amplias. Sobre una de sus bien formadas caderas llevabauna espada de doble filo, y sobre la otra, una larga daga. Su cabello dorado y revuelto, que lecaa sobre los hombros, iba recogido con una cinta de raso de color carmes.

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    Su silueta se recortaba contra el bosque sombro y primitivo, y en su pose haba algo extrao yfuera de lugar. La figura de la mujer habra resultado ms apropiada contra un fondo de nubes,mstiles e inquietas gaviotas. Sus grandes ojos eran del color del mar. Y as deba ser, pues setrataba de Valeria de la Hermandad Roja, cuyas hazaas se celebraban en canciones y baladasen todos los lugares donde se reunan los marinos.

    Despus de dejar atado el caballo, avanz hacia el este, echando de vez en cuando una miradahacia atrs, en direccin a la laguna, con el fin de fijar su camino en la mente. El silencio delbosque la inquietaba. No se oa cantar ningn pjaro ni se escuchaba crujido de ramas queindicasen la presencia de otros animales. Haba viajado durante leguas y leguas por tierras deuna quietud sombra, interrumpida tan slo por los sonidos producidos por su caballo.

    La mujer haba calmado su sed en la laguna, pero ahora senta el imperioso acicate del hambrey comenz a mirar en derredor en busca de algunos frutos, gracias a los cuales habasobrevivido desde que se le agotaron las provisiones que llevaba en las alforjas de la silla demontar.

    En ese momento vio en frente una enorme roca oscura, como de pedernal, que sobresala entrelos rboles. Pero no se divisaba la cima, pues estaba oculta de la vista de la mujer por unasramas. Pens que desde la parte ms alta del peasco podra divisar los contornos de la boscosacomarca donde se encontraba.

    Una pequea loma formaba una rampa natural que permita ascender por el escarpado risco.Cuando la mujer hubo subido unos quince metros, lleg a una franja boscosa que rodeaba elpeasco. Se intern en la densa vegetacin, sin poder ver lo que haba ms arriba o ms abajo.Pero poco despus divis el azul del cielo, y ms tarde sali a la clida luz del sol y vio lafranja de rboles que se extenda a sus pies.

    Se ergua sobre un amplio rellano que se encontraba casi a la altura de los rboles.Desde all se alzaba un saliente rocoso que constitua la cima del risco. Pero algo ms llam suatencin en ese momento. Uno de sus pies golpe contra un objeto que se hallaba entre laalfombra de hojas que tapizaba el saliente rocoso. Apart las hojas con la bota vio el esqueletode un hombre. Su ojo experimentado recorri el blanco armazn, pero no vio huesos rotos niseal alguna de violencia. Aquel hombre debi de morir de muerte natural, si bien no entendaque hubiera subido hasta ese lugar para terminar all sus das.

    La mujer trep hasta lo alto de la cima y ech un vistazo hacia el horizonte. El techo boscoso,que pareca una pradera visto desde all, era tan impenetrable como cuando se lo observabadesde abajo. Ni siquiera pudo divisar la laguna en la que haba dejado su caballo. Ech una

    mirada al norte, en direccin al punto desde el que haba llegado. Tan slo vio la ondulantesuperficie del verde ocano, que se extenda cada vez ms lejos. En la distancia se divisaba unaborrosa lnea oscura: la cordillera que haba cruzado unos das antes para internarse despus enel inmenso bosque.

    Hacia el este y el oeste, el paisaje era el mismo, si bien no se apreciaba la lnea oscura de losmontes en esa direccin. Luego, cuando se volvi hacia el sur, la mujer se estremeci y contuvoel aliento. A media legua de donde se encontraba, el bosque se acababa sbitamente y daba

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    lugar a una llanura sembrada de cactus. En medio de dicha planicie se alzaban las murallas ylas torres de una ciudad. Valeria profiri un juramento que expresaba su asombro. No se habrasorprendido de ver una aldea, ya sea formada por las chozas de ramas de los negros como porlas cabaas de la misteriosa raza cobriza que, segn se deca, habitaba en algn lugar de aquellazona inexplorada. Pero le sorprendi enormemente el hecho de encontrar all una verdaderaciudad amurallada, a tantos das de camino de la avanzadilla ms cercana de cualquier pascivilizado.

    Le dolan las manos de sujetarse al saliente rocoso de la cspide, por lo que Valeria descendihasta el reborde de piedra con el ceo fruncido. Vena de muy lejos, del campamento demercenarios situado junto a la ciudad fronteriza de Sukhmet, que se alzaba en medio deextensas praderas y donde montaban guardia fieros aventureros de todas las razas que proteganla frontera estigia contra las incursiones que llegaban como una marea roja procedentes deDarfar. Valeria haba escapado ciegamente hacia una regin que desconoca por completo. Yahora se debata entre el deseo de cabalgar directamente hasta aquella ciudad de la llanura y elinstinto de conservacin y cautela que le aconsejaban que la evitara, dando un amplio rodeopara proseguir su solitaria huida.

    Sus pensamientos se vieron interrumpidos por un rumor que percibi entre la densa vegetacinque haba debajo de ella. La mir, gir en redondo con un gesto felino y empu la espada.Luego se qued inmvil, mirando con ojos desorbitados al hombre que se encontraba delantede ella.

    Era casi un gigante, cuyos enormes msculos se perciban bajo su piel bronceada por el sol. Suatuendo era similar al de Valeria, pero en lugar del fajn que ella usaba, llevaba un cinturn decuero. De su cinto colgaban una ancha espada de doble filo y un pual.

    -Conan el Cimmerio! -exclam la mujer-. Qu haces siguiendo mi rastro?

    El aludido sonri toscamente y sus fieros ojos azules brillaron con un fulgor que cualquiermujer hubiera entendido, mientras recorran el esplndido cuerpo de Valeria y se detenan en lablanca piel del generoso escote, que permita admirar en parte sus opulentos senos.

    -No lo sabes? -dijo l riendo-. Acaso no he expresado admiracin hacia tu cuerpo desde quete vi por primera vez?

    -Un semental no lo habra dicho ms claramente -repuso Valeria con desdn-. Pero lo cierto esque no esperaba encontrarte tan lejos de los barriles de cerveza de Sukhmet. De verdad me hasseguido desde el campamento de Zarallo, o acaso te echaron de all a latigazos por algunafechora?

    El cimmerio se ech a rer por su insolencia, y todos los msculos de su cuerpo se pusieron entensin.

    -Sabes muy bien -repuso- que Zarallo no tiene agallas para echarme del campamento. S, escierto que te he seguido. Y es una suerte para ti, moza! Cuando apualaste a aquel oficialestigio, perdiste el favor y la proteccin de Zarallo y los estigios te proscribieron.

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    -Lo s -respondi ella con tono sombro-. Pero qu otra cosa poda hacer? Ya viste cmo meprovoc aquel oficial.

    -S -asinti el cimmerio-, y si hubiera estado all, lo habra acuchillado yo mismo. Pero la mujerque vive en un campamento militar ha de estar preparada para que le ocurran cosas semejantes.

    Valeria dio un puntapi en el suelo y grit otra maldicin.

    -Por qu los hombres no me tratan como a un hombre? -pregunt irritada.

    -Eso est claro! -dijo l, devorndola con los ojos-. Pero has hecho bien en huir, pues losestigios te habran despellejado viva. El hermano del oficial muerto te sigui, y ms rpido delo que podras pensar. No estaba muy lejos de ti cuando lo encontr. Tena un caballo mejorque el tuyo y te habra alcanzado en una legua aproximadamente. Y estoy seguro de que tehubiera degollado.

    -Y bien? -pregunt ella.

    -Y bien, qu? -pregunt el cimmerio, que pareca desconcertado.

    -Qu hiciste con el estigio?

    -Vaya! Qu imaginas que iba a hacer yo? Lo mat, por supuesto, y dej su cadver comoalimento para los buitres. Eso me demor, y casi perd tu rastro cuando atravesaste lasmontaas. De lo contrario te hubiera alcanzado hace mucho tiempo.

    -Y ahora pretendes llevarme de vuelta al campamento de Zarallo? -pregunt ella con vozsarcstica.

    -No seas necia -repuso el brbaro con un gruido-. Vamos, muchacha, no seas tan arisca. Yo nosoy como el estigio que apualaste, y lo sabes muy bien.

    -S, eres tan slo un vagabundo sin blanca -contest Valeria provocativa. El cimmerio se ri.

    -Y qu eres t? Ni siquiera tienes dinero para comprarte unos pantalones mejores. Pero tudesdn no me engaa. T sabes que he capitaneado barcos ms grandes y mayor nmero depiratas que t en toda tu vida. Y en cuanto a lo de estar sin blanca, a qu aventurero no leocurre eso? Bien sabes que por esos mares he ganado suficiente oro como para llenar ungalen.

    -Y dnde estn los hermosos barcos y los hombres audaces que capitaneaste, amigo?-pregunt ella con tono de burla.

    -Casi todos estn en el fondo del ocano -repuso el cimmerio sin rodeos-. Los zingarioshundieron mi ltima nave delante de las costas shemitas. Por eso me un a los CompaerosLibres de Zarallo. Pero comprend que me haba equivocado cuando nos encaminamos hacia lafrontera de Darfar. El pas era pobre y el vino bastante malo. Adems, no me gustan las mujeresnegras, y sas son las nicas que haba en nuestro campamento de Sukhmet: negras, con anillos

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    en la nariz y dientes limados, bah! Y t, por qu te uniste a Zarallo? Sukhmet est a unadistancia considerable del mar.

    -Ortho el Rojo quera convertirme en su amante -repuso ella hoscamente-. Una noche, cuandoestbamos anclados en el puerto de Zabela, frente a las costas de Kush, salt por la borda ynad hasta la costa. All, un comerciante shemita me dijo que Zarallo llevaba a sus CompaerosLibres al sur, para vigilar la frontera de Darfar. Yo no tena otra alternativa, por lo que me un ala caravana que se encaminaba hacia el este y finalmente llegu a Sukhmet.

    -Fue una locura huir hacia el sur, como t has hecho -dijo el cimmerio-. Pero en cierto modotambin result acertado, ya que las patrullas de Zarallo no te buscarn en esta direccin. Tanslo el hermano del oficial que mataste consigui hallar tu rastro.

    -Y ahora, qu piensas hacer? -le pregunt la mujer al cimmerio.

    -Nos dirigiremos hacia el oeste -repuso l-. Yo ya haba estado en el extremo sur, pero nuncahaba llegado tan al este. Despus de varios das de viaje, llegaremos a las sabanas, donde las

    tribus negras apacientan su ganado. Tengo buenos amigos entre esa gente. Iremos hasta la costay buscaremos un barco. Estoy cansado de la selva.

    -Entonces sigue solo tu camino -dijo Valeria-. Yo tengo otros planes.

    -No seas necia! -repuso l, mostrndose irritado por primera vez-. No puedes andar sola porestos bosques.

    -Claro que puedo.

    -Pero qu pretendes hacer?

    -Eso no es asunto tuyo -contest la mujer secamente.

    -Por supuesto que lo es -afirm Conan con tranquilidad-. Crees que te he seguido tan lejospara volverme con las manos vacas? Vamos, s sensata, muchacha. No voy a hacerte ningndao...

    El cimmerio se adelant hacia ella, pero Valeria dio un salto atrs y desenvain la espada.

    -Detente, perro brbaro, o te ensarto como a un cerdo! -exclam la mujer.

    l se detuvo de mala gana y pregunt:

    -Quieres que te quite ese juguete y te zurre las posaderas con l?

    -Palabras, slo palabras! -dijo ella en tono burln, mientras el brillo del sol se reflejaba en susojos azules de mirada indmita.

    Conan saba que ella estaba en lo cierto. Ningn hombre habra podido desarmar a Valeria de laHermandad Roja con las manos desnudas. El cimmerio frunci el ceo, presa de sentimientos

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    contradictorios. Se senta decepcionado, pero no dejaba de admirar el valor de la mujer. Ardaen deseos de poseer aquel esplndido cuerpo y de estrujarla entre sus brazos de hierro, pero apesar de todo no quera hacerle dao. Saba muy bien que si daba un paso ms en direccin aValeria, sta le clavara la espada en el corazn. Haba visto a la joven dar muerte a demasiadoshombres en grescas de taberna como para dudar de ello. Conan saba que era rpida y ferozcomo una tigresa. Es cierto que l poda desenvainar su espada y desarmarla, pero no soportabala idea de empuar un arma frente a una mujer.

    -Maldita seas, muchacha! -exclam el cimmerio desesperado-. Te voy a quitar...

    Olvidando toda prudencia, Conan dio un paso, y en aquel momento ella se dispuso a atacar conuna estocada de efectos mortales. Pero algo interrumpi la escena, que era a la vez jocosa ydramtica.

    -Qu es eso?

    La exclamacin parti de Valeria, pero ambos se estremecieron violentamente. Conan se volvi

    como un felino, con la espada en la mano. Atrs, en el bosque, se oan los fuertes relinchos delos caballos, presa de terror y de angustia. Entre los relinchos alcanzaron a escuchar unchasquido de huesos destrozados.

    -Unos leones estn matando a nuestros caballos! -exclam Valeria.

    -No son leones! -dijo el cimmerio con los ojos brillantes-. Has odo el rugido de algn len?En cambio, escucha ese crujir de huesos. Ni siquiera un len podra producir semejante ruido almatar a un caballo.

    Conan corri rampa abajo y ella lo sigui. Ambos haban olvidado su disputa personal y se

    haban unido ante el peligro comn con instintos de aventurero. Los relinchos haban cesadocuando se internaron de nuevo en el bosque.

    -Encontr tu caballo atado junto a la laguna -murmur Conan, deslizndose sin hacer el menorruido-. Yo at el mo a su lado y segu tu rastro. Observa ahora!

    Haban salido del crculo de rboles que rodeaba el peasco y miraron en direccin hacia laslindes ms cercanas del bosque. Los gigantescos troncos tenan un aspecto fantasmagrico.

    -Los caballos deben de estar ms all de estos rboles -musit Conan con una voz que parecael susurro de una tenue brisa-. Escucha!

    Valeria ya haba odo, y un escalofro recorri su cuerpo. Apoy inconscientemente la mano enel musculoso brazo de su acompaante. Desde el otro lado de la espesura llegaba un terriblecrujido de huesos, junto con un ruido de carnes desgarradas y una respiracin vida, intensa,espeluznante.

    -Los leones no hacen semejante ruido -sigui diciendo el cimmerio en voz baja-. Alguien seest comiendo nuestros caballos. Pero por Crom que no son leones!

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    El ruido se interrumpi sbitamente y Conan profiri un juramento. Se haba levantado unabrisa que soplaba directamente desde ellos hacia el lugar en el que se encontraba el enemigoinvisible.

    -Ah viene! -dijo Conan desenvainando la espada.

    Los matorrales se agitaron violentamente y Valeria se aferr con ms fuerza al brazo de Conan.A pesar de que ignoraba la fauna de la selva, se daba cuenta de que ningn animal conocidopoda agitar los arbustos de la misma manera que aquel ser desconocido.

    -Debe de tener el tamao de un elefante -musit el cimmerio hacindose eco de lospensamientos de la joven-. Pero qu demonios...!

    Su voz se desvaneci y hubo un silencio lleno de estupefaccin.

    A travs de los zarzales haba aparecido una cabeza de pesadilla. Unas fauces sonrientesdejaban al descubierto una enorme dentadura amarilla de la que chorreaba babosa espuma

    rojiza. Por encima de la boca haba un hocico arrugado de saurio. Un par de ojos similares a losde una serpiente, pero mucho ms grandes, miraban fijamente a la inmvil pareja que se hallabasobre la roca. Pero de los enormes belfos no slo flua baba, sino tambin una sangre oscuraque caa en gotas al suelo.

    La cabeza, muchsimo ms grande que la de un cocodrilo, se prolongaba hacia atrsconvirtindose en un largo cuello lleno de escamas coronado por una cresta de espinas. Detrs,aplastando los arbustos como si fueran hierbajos, se vea un cuerpo monstruoso, con forma debarril y unas patas ridculamente cortas. El vientre blanquecino casi rozaba el suelo, mientrasque el espinazo meda el doble que Conan. Una cola larga y afilada, como la de un gigantescoescorpin, se arrastraba por la hojarasca.

    -Sube al risco, rpido! -exclam el cimmerio empujando a la muchacha-. No creo que puedatrepar, pero si seguimos aqu podra levantarse sobre las patas traseras y alcanzarnos...

    Con un chasquido de ramas rotas, el monstruo se abalanz sobre ellos a travs de los arbustos.La pareja huy rpidamente hacia arriba. Mientras Valeria se internaba en la densa vegetacin,lanz una mirada hacia atrs y vio al titn que se alzaba amenazador sobre sus robustas patastraseras, tal como Conan haba pronosticado. El espectculo aterr a la mujer, ya que el animalle pareca cada vez ms grande y vea que su cabeza sobresala por encima de los rboles msbajos. Estuvo a punto de caer hacia atrs, pero la frrea mano de Conan la sujet con firmezapor un brazo y la arrastr hacia adelante, hasta la franja de rboles, y luego ms all, donde elsol brillaba de nuevo. El monstruo se levant una vez ms y apoy las patas delanteras sobre el

    risco, con un impacto tal que hizo vibrar la roca.

    Detrs de los fugitivos apareci la enorme cabeza que asomaba entre las ramas, y la pareja mirdurante unos instantes aterradores el rostro de pesadilla con los ojos llameantes y las faucesabiertas de par en par. Luego, los ciclpeos colmillos chasquearon en el aire, y la cabeza seretir y desapareci de la fronda como si se hubiera hundido en la laguna.

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    Valeria y Conan miraron entre las ramas y vieron al monstruo sentado sobre sus patas traserasen la base del risco, mirndolos sin parpadear.

    Valeria se estremeci.

    -Cunto tiempo crees que permanecer all? -le pregunt en voz baja.

    Conan dio una patada a la calavera del esqueleto que la joven haba hallado momentos antes.

    -Este pobre diablo debi de subir aqu para huir del monstruo o de algo parecido. Seguramentemuri de hambre, pues no se ve ningn hueso roto. Ese animal es, sin duda, un dragn comoaquellos de los que hablan los negros en sus leyendas. Si es as, no se marchar de aqu hastaque estemos muertos.

    Valeria lo mir desconcertada. Su resentimiento haba desaparecido y en su lugar surgi elpnico. Haba demostrado un valor a toda prueba en miles de ocasiones: durante fieras batallasen el mar o en tierra, en cubiertas resbaladizas a causa de la sangre, ante ciudades amuralladas y

    en las arenosas playas donde los miembros de la Hermandad Roja empapaban sus cuchillos conla sangre de otros compinches, luchando por la jefatura del grupo. Pero las perspectivas con lasque se enfrentaba ahora le helaban la sangre. Recibir un sablazo en el fragor de la batalla no eranada, pero sentarse indefensa y de brazos cruzados hasta morir de hambre, asediada por unmonstruoso sobreviviente de otra poca... El solo hecho de pensar en ello le haca latir lassienes de horror.

    -Pero el monstruo tiene que comer y beber para sobrevivir -razon Valeria.

    -No necesita ir muy lejos para hacer ambas cosas -repuso el cimmerio-. De todos modos, estrepleto de carne de caballo, aunque, a diferencia de otros reptiles, no parece que necesite

    dormir despus de una comida abundante. De todos modos, no creo que pueda trepar por elrisco.

    Conan hablaba sin inmutarse. l era un brbaro, y las experiencias de su vida pasada en lospramos salvajes haban calado muy hondo en l. Se senta capaz de hacer frente a unasituacin como aqulla con una frialdad de la que jams hubiera hecho gala una personacivilizada.

    -No podramos trepar a los rboles y huir por las ramas, como los monos? -pregunt Valeriadesesperada. El cimmerio movi negativamente la cabeza.

    -Ya he pensado en eso -respondi-. Y he visto que las ramas que dan al risco son demasiadodelgadas y se romperan a causa de nuestro peso. Adems, tengo la impresin de que esemonstruo es capaz de arrancar un rbol de raz.

    -Entonces nos vamos a quedar aqu sentados hasta que nos muramos de hambre? -exclamValeria, furiosa-. Pues yo no pienso hacerlo! Bajar e intentar cortarle la cabeza a esemaldito monstruo!

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    Conan estaba sentado en el saliente rocoso, al pie de la cima. Levant los ojos y contempl conadmiracin a la mujer de ojos centelleantes y cuerpo tenso. Pero al darse cuenta de que estabaalgo trastornada, prefiri no hacer ningn comentario. Al cabo de un rato de silencio dijo conun gruido:

    -Sintate y clmate.

    La cogi por las muecas y la oblig a sentarse en sus rodillas. Valeria estaba demasiadosorprendida para resistirse. Conan agreg enseguida:

    -Si atacaras al dragn, slo conseguiras destrozar tu espada contra sus escamas. Te engullirade un bocado o te aplastara como a un huevo con su pesada cola. Tenemos que salir de aqu dealgn modo, pero sin dejar que nos devore como a un par de palomos.

    Ella no contest y tampoco rechaz el brazo del cimmerio, que le rodeaba la cintura. Estabaasustada, lo que constitua una sensacin nueva para Valeria de la Hermandad Roja. Enconsecuencia, se qued sentada sobre las rodillas de su acompaante con una docilidad que

    habra asombrado a Zarallo, del cual la haba tildado de mujer endemoniada.

    Conan jug con los suaves cabellos rubios de la mujer, pendiente al parecer tan slo deconquistarla. Ni el esqueleto que se hallaba a sus pies ni el monstruo que acechaba ms abajoparecan turbar en lo ms mnimo su inters por Valeria.

    Los inquietos ojos de la mujer descubrieron algunas manchas de color entre los rboles. Setrataba de unos frutos; eran unas esferas rojas de gran tamao que colgaban de las ramas de unrbol cuyas hojas tenan una forma peculiar e intenso color verde. En ese momento se diocuenta que tena mucha sed y hambre, sobre todo al comprender que no poda bajar del riscopara satisfacer esas necesidades.

    -No nos vamos a morir de hambre -dijo-. Podemos alcanzar esos frutos, al menos.

    Conan mir en la direccin que sealaba Valeria y dijo con un gruido:

    -Si comemos eso, no tendremos que preocuparnos del dragn. Esos frutos son los que losnegros de Kush llaman Manzanas de Derketa. Derketa es la Reina de los Muertos. Si bebes unpoco de ese jugo o lo esparces tan slo sobre la piel, morirs antes de caer al suelo.

    -Oh! -exclamo Valeria desanimada.

    Luego hubo un silencio tenso. La mujer pens que no tenan salvacin, y mientras tanto veaque Conan slo pareca preocupado por acariciarle la cintura y el suave cabello. Si estabapensando en un plan de huida, era evidente que lo disimulaba con gran habilidad.

    -Si me quitas las manos de encima -dijo ella finalmente-y trepas a esa cima, vers algo que tesorprender.

    El cimmerio la mir perplejo y obedeci, mientras encoga sus anchos hombros. Conan seaferr al saliente rocoso y mir por encima de los rboles.

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    Permaneci en silencio durante un momento, inmvil como una estatua de bronce. Finalmentemurmur quedo:

    -S, es una ciudad amurallada. Ibas hacia all cuando trataste de que me marchara solo a lacosta?

    -La haba visto antes de que t llegaras. Y no saba que existiera cuando sal de Sukhmet.

    -Quin poda pensar en hallar una ciudad aqu? -dijo el brbaro-. No creo que los estigioshayan llegado tan lejos. La habrn construido los negros? Pero no veo rebaos en la llanura, nicultivos, ni gente en movimiento por los alrededores.

    -Quiz no se vean debido a la distancia -sugiri ella. El cimmerio se encogi de hombros ydescendi del peasco.

    -Bien, lo cierto es que la gente de esa ciudad no va a ayudarnos; ni podra hacerlo, si quisiera.Pero los habitantes de los pases negros suelen ser hostiles a los extranjeros. Probablemente nos

    atacarn con sus lanzas...

    Conan se call de repente y permaneci en silencio durante unos instantes, reflexionando ymirando las esferas rojas que se divisaban entre las hojas.

    -Lanzas! -susurr-. Qu necio he sido por no haber pensado antes en ello! Eso es lo que haceuna mujer hermosa con la mente de un hombre sensato!

    -De qu ests hablando? -pregunt Valeria.

    El cimmerio no se molest en responder y descendi hasta el bosque, mirando a travs de las

    ramas. El monstruo segua sentado abajo, observando el risco con la estremecedora pacienciaque caracteriza a los reptiles. Es probable que uno de los de su especie hubiera mirado delmismo modo a alguno de los trogloditas antepasados del cimmerio en el amanecer de lostiempos. Conan le grit una maldicin al animal y comenz a cortar ramas lo ms largasposibles. El movimiento de las hojas inquiet al dragn, que agit su poderosa cola, abatiendoalgunos arbolillos como si fueran endebles juncos. El cimmerio lo mir con el rabillo del ojo, ycuando Valeria ya pensaba que el dragn iba a precipitarse nuevamente sobre el risco, Conan seretir y trep hasta el saliente rocoso con las ramas que haba cortado. Eran tres ramasresistentes, muy tinas y largas. Tambin haba cortado algunos tallos de enredaderas.

    -Ya lo ves, las ramas son demasiado finas y los bejucos no llegan al grosor de un cordel -dijoConan mientras sealaba el follaje que haba dejado-. No soportaran nuestro peso. Pero ya sesabe que la unin hace la fuerza. Eso es lo que los renegados aquilonios solan decirnos a loscimmerios cuando llegaron a nuestras montaas para organizar un ejrcito, con el quepretendan invadir su propio pas. Porque nosotros siempre hemos combatido agrupados enclanes y tribus, y no en grandes grupos.

    -Qu demonios vas a hacer con esos palos? -pregunt Valeria.

    -Espera y vers.

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    Conan junt las tres varas, coloc entre ellas su daga con la punta hacia afuera y luego at elconjunto con los tallos de las enredaderas. Cuando termin, dispona de una lanza bastantefuerte y de dos metros de largo.

    -Y qu pretendes hacer con eso? -pregunt de nuevo la mujer-. Antes me dijiste que un armano podra traspasar las escamas del dragn.

    -No tiene escamas en todo el cuerpo -repuso l-. Y ten en cuenta que hay ms de una manera dedesollar a un buey.

    A continuacin, el brbaro se dirigi al bosque y atraves con la hoja de la lanza una de lasManzanas de Derketa, procurando alejarse para evitar las gotas de color prpura que caan delfruto. Luego retir el arma y le ense a Valeria la hoja, que estaba empapada en un lquido decolor carmes.

    -No s si esto servir -dijo el cimmerio-. Aqu hay veneno suficiente para matar a un elefante,pero ya veremos.

    Valeria se encontraba cerca de Conan cuando ste se desliz entre los rboles. Llevaba la lanzacuidadosamente alejada del cuerpo; asom la cabeza entre las hojas y le habl en voz alta almonstruo.

    -Qu ests esperando, hijo de padres desconocidos? A ver, levanta de nuevo esa ridculacabezota, si no quieres que baje y te destroce a puntapis!

    Luego dijo algunas frases ms que hicieron estremecer a Valeria, a pesar de que habaconvivido durante mucho tiempo con los piratas. Como si el monstruo hubiera comprendido laselocuentes palabras del cimmerio, se levant con una velocidad aterradora sobre sus patas

    traseras y alarg el cuerpo y el cuello en un furioso esfuerzo por alcanzar al vociferante pigmeoque turbaba el silencio de su territorio.

    Pero Conan haba calculado la distancia con absoluta precisin. La enorme cabeza penetr confuerza, pero en vano, entre las hojas. Y cuando las fauces del monstruo se abran como las deuna enorme serpiente, el brbaro arroj la lanza con todas sus fuerzas, y la larga hoja del pualse hundi hasta la empuadura en la carne, atravesndola hasta llegar al hueso.

    Enseguida las mandbulas chasquearon convulsivamente, cortando en dos la improvisada lanza,y estuvieron a punto de hacer caer a Conan de la roca. ste se habra precipitado al suelo de nohaber sido por Valeria, que lo cogi por el cinto de la espada con una fuerza desesperada. Elcimmerio recuper el equilibrio y le dio las gracias con una sonrisa.

    Abajo se encontraba el enorme monstruo, que aullaba con terrible furia. Sacuda la cabeza deun lado a otro, se golpeaba con las garras y abra la boca de par en par. Por fin logr arrancar eltrozo de lanza con una de sus enormes patas. Luego ech la cabeza hacia atrs, expulsandotorrentes de sangre por la boca, y mir hacia el risco con una furia tan intensa que Valeriatembl de miedo. Las escamas del lomo del dragn, as como las de los flancos, cambiaron decolor y pasaron del pardo al rojo intenso. Los bramidos que del monstruo no se parecan aningn sonido que hubieran odo Valeria y Conan en su vida.

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    Al tiempo que lanzaba rugidos ensordecedores, el dragn avanz en direccin al risco donde serefugiaban sus enemigos. Levant una y otra vez la cabeza para morder, en vano, el aire. Luegose lanz con todas sus fuerzas contra la roca, y sta vibr desde la base hasta la cima.

    Tal exhibicin de furia primitiva hizo que a Valeria se le helara la sangre en las venas, peroConan estaba demasiado cerca de lo primitivo como para dejarse impresionar. El monstruo quehaba abajo era para Conan un simple ser vivo que se diferenciaba de l tan slo en la forma yen el tamao. As pues, permaneci sentado y tranquilo, observando las reacciones del enormeanimal.

    -El veneno empieza a hacer efecto -dijo al fin, convencido.

    -No lo creo -repuso Valeria, que consideraba absurdo que algo, por mortfero que fuera, pudieraafectar a aquella montaa de msculos.

    -Su voz denota temor -insisti el cimmerio-. Primero era slo dolor por la herida de lamandbula, pero ahora comienza a sentir la accin del veneno. Mira, se est tambaleando! Se

    quedar ciego dentro de un momento... Eh, qu te deca?

    -Est huyendo? -pregunt Valeria.

    -Est intentando llegar a la laguna! -dijo Conan, y se puso en pie lleno de expectacin-. Sinduda el veneno le ha dado una sed terrible. Vamos! Estar ciego dentro de unos momentos,pero podra olfatear el camino hasta el pie del risco otra vez. Y si nuestro olor persiste, tal vezse quede aqu hasta que muera. Adems, al or sus bramidos pueden llegar otros de su especie.Vmonos de aqu!

    -Hacia all abajo? -pregunt Valeria indecisa.

    -Claro. Vamos hacia la ciudad amurallada. Quizs all nos corten la cabeza, pero es nuestranica posibilidad. Aunque nos encontremos con mil dragones en el camino, aqu slo nosespera la muerte. Andando!

    El cimmerio corri por la rampa con la agilidad de un mono y slo se detuvo para ayudar a sucompaera quien, a pesar de todo, se consideraba tan apta como un hombre para trepar por losaparejos de un barco o para escalar los acantilados de una costa.

    Cruzaron la franja boscosa del peasco y descendieron en silencio, si bien a Valeria le parecaque su corazn haca ms ruido que un tambor. Oyeron unos sonoros gorgoteos provenientes delo ms profundo del bosque, que indicaban que el dragn estaba bebiendo en la laguna.

    -En cuanto se haya llenado el estmago volver -murmur Conan-. Es posible que el venenotarde horas en matarlo... si es que finalmente acaba con l.

    Ms all del bosque, el sol comenzaba a hundirse en el horizonte, y la espesura se converta enun lugar lleno de sombras oscuras y de formas borrosas. Conan cogi a Valeria por la mueca yse desliz silenciosamente entre los rboles con la rapidez de un felino.

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    -No creo que sea capaz de seguir nuestra pista, pero si el viento soplara ahora mismo endireccin al monstruo podra olernos.

    -Por Mitra, entonces que no sople el viento! -musit Valeria.

    Su rostro era un valo plido en la penumbra. La mujer aferr la empuadura de su espada conla mano libre, pero esto, extraamente, la hizo sentirse ms desamparada.

    An se hallaban a cierta distancia del borde del bosque cuando escucharon chasquidos ycrujidos a sus espaldas. Valeria se mordi los labios para no lanzar un grito.

    -Est sobre nuestra pista -susurr la mujer con evidente temor.

    El cimmerio movi negativamente la cabeza y dijo:

    -No creo. Me parece que, al no oler nuestros cuerpos en la roca, est vagando por losalrededores para ver si encuentra nuevamente nuestro rastro. Vamos! Si no llegamos a la

    ciudad, estamos perdidos! Desgajar cualquier rbol al que nos subamos. Con tal que no selevante viento...!

    Echaron a correr hasta que los rboles comenzaron a escasear. Detrs, el bosque era un marimpenetrable de sombras, donde an seguan escuchndose los amenazantes crujidos. Eldragn, evidentemente, erraba ciego por el bosque, buscndolos.

    -Ya tenemos la llanura aqu delante -dijo Valeria jadeando-. Un poco ms y...

    -Por Crom! -exclam Conan.

    -Por Mitra! -musit Valeria.

    Acababa de levantarse una brisa bastante intensa desde el sur.

    Soplaba directamente sobre ellos y en direccin al bosque que se encontraba a sus espaldas. Unsegundo despus se oy un tremendo rugido que hizo estremecer los rboles. Los ruidos setransformaron en un crujido cuando el dragn se dirigi como un huracn en lnea recta hacia ellugar de donde llegaba el olor de los odiados enemigos que le haban infligido la dolorosaherida.

    -Corramos ms deprisa! -grit el cimmerio con los ojos centelleantes como los de un loboacorralado-. Es lo nico que podemos hacer!

    Las botas de los marinos no estn hechas para correr, ni los piratas se entrenan demasiado eneste menester. Por ello, al cabo de unos cien metros, Valeria jadeaba intensamente y corra msdespacio, mientras que detrs de ellos el monstruo irrumpa entre los matorrales y sala aterreno abierto.

    El robusto brazo de Conan casi levant a la mujer del suelo cuando le rode la cintura. Los piesde Valeria apenas tocaron la hierba cuando fue llevada en una carrera mucho ms veloz de lo

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    que ella sola hubiera podido alcanzar. Si lograban evitar al monstruo durante algn tiempo ms,tal vez variase la direccin del viento... Pero ste se mantuvo constante, y una rpida miradapor encima del hombro le permiti a Conan ver que el terrible animal se acercaba a ellos comouna galera de guerra impulsada por un huracn. El cimmerio le dio un empujn a la mujer y laenvi trastabillando a tres metros de distancia, donde cay a los pies del rbol ms cercano. Enese momento el brbaro gir en redondo y se enfrent con el monstruo.

    Convencido de que all le esperaba la muerte, el cimmerio actu segn sus instintos y arremeticontra el temible rostro que se cerna sobre l. Salt con la fuerza de un gato salvaje y hundisu espada en las escamas que recubran el enorme hocico. De inmediato un terrible impacto leenvi rodando a unos diez metros de distancia. El brbaro cay maltrecho al suelo.

    Conan se puso en pie aturdido, realizando un enorme esfuerzo de voluntad. Lo nico que tenaen mente era que Valeria yaca indefensa cerca del espantoso reptil. Por ello volvi a levantarsecon la espada en la mano y corri hacia donde se encontraba la mujer.

    sta todava estaba en el mismo lugar adonde el brbaro la haba empujado, aunque empezaba

    a incorporarse. El monstruo no le haba hecho ningn dao. Este, por el contrario, y ante elasombro de la pareja, pas velozmente al lado de ambos sin prestarles la menor atencin. Eraevidente que aunque los haba seguido con la ayuda de su olfato, ahora los olvidaba debido alsufrimiento de su terrible agona. Durante su carrera, el saurio se precipit contra el tronco deun enorme rbol que haba en su camino. El impacto desgaj el rbol de raz; sin duda, elcrneo del reptil se haba hundido como consecuencia del tremendo golpe. El rbol y el animalcayeron juntos, y Conan y Valeria vieron, estremecidos, que las ramas y las hojas eransacudidas por las convulsiones del monstruo al que cubran, y luego se quedaban inmviles.

    El cimmerio ayud a Valeria a ponerse en pie, y ambos avanzaron hacia la llanura sin rboles.

    Conan se detuvo un instante y mir hacia atrs, en direccin al oscuro bosque que quedaba asus espaldas. All no se mova ni una hoja, ni piaba un solo pjaro. En aquel bosque reinaba unsilencio similar al del primer da de la creacin.

    -Vmonos -murmur Conan, tomando a Valeria de la mano.

    La ciudad pareca hallarse muy lejos del otro lado de la llanura; ms lejos de lo que parecadesde lo alto del risco. El corazn de Valeria lata aceleradamente, producindole una intensasensacin de ahogo. A cada paso que daba esperaba or el crujido de los matorrales y tema quevera salir a otro terrible dragn. Pero ya nada turbaba el silencio del bosque.

    Cuando se alejaron, Valeria respir aliviada. Volvi a sentir confianza en s misma. El sol

    acababa de ponerse y un manto oscuro cubra rpidamente la llanura. Las estrellas ibanapareciendo poco a poco en el cielo, y los cactus parecan fantasmas.

    -No hay ganado ni campos sembrados -murmur Conan-. De qu vivir esta gente?

    -Tal vez hayan recogido a los animales en los rediles durante la noche -sugiri la mujer-. Yquiz los campos estn al otro lado de la ciudad.

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    -Quiz -dijo Conan-, Pero yo no vi nada desde lo alto del risco.

    La luna se asom por detrs de la ciudad, recortando las murallas y las torres con su brilloplateado. Valeria se estremeci. El negro contorno que haba alrededor del disco luminoso de laluna le daba a la ciudad un aire sombro y siniestro.

    Tal vez Conan pensaba lo mismo, pues se detuvo, mir a su alrededor y dijo:

    -Detengmonos aqu. De nada valdra acercarnos a las puertas de la ciudad por la noche, puesprobablemente no nos dejarn entrar. Adems, necesitamos descansar y no sabemos cmo nosvan a recibir. Unas horas de sueo nos pondrn en condiciones de luchar, o de salir corriendo sifuera necesario.

    El cimmerio condujo a la mujer hasta un grupo de cactus que crecan en crculo -fenmenohabitual en los desiertos del sur-; se abri paso con la espada entre las plantas y le hizo una seaa Valeria para que entrara.

    -Aqu estaremos a salvo de las serpientes -le dijo. Ella mir con recelo hacia la negra lnea delbosque, que ya estaba lejos.

    -Y si los dragones salieran de entre los rboles? -pregunt.

    -Bien, haremos guardia por turnos -repuso el cimmerio, aunque no contest con claridad a lapregunta de su acompaante.

    Contempl la ciudad, que an se hallaba bastante lejos. No se vea ninguna luz en las torres nien los edificios que sobresalan por encima de las murallas. Era una negra masa de misterio quese recortaba como un enigma en el cielo iluminado por la luna.

    -Acustate y duerme -dijo luego-. Yo montar la primera guardia.

    Valeria lo mir indecisa, pero Conan se sent con las piernas cruzadas delante de los cactus, decara a la llanura, con la espada sobre las rodillas y dndole la espalda a la mujer.

    Sin hacer ms comentarios, sta se ech sobre la arena que cubra el suelo del desierto.

    -Despirtame cuando la luna est alta sobre nuestras cabezas -le dijo Valeria.

    El cimmerio no contest ni se volvi hacia ella. Mientras la mujer se sumerga en un profundosueo, su ltima visin fue la de la musculosa figura de Conan, inmvil como una estatua debronce recortada contra la tenue luminosidad de las estrellas.

    2. El fulgor de las gemas de fuego

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    Valeria se despert con un estremecimiento, al ver que el gris amanecer se extendasobre la planicie.

    Se incorpor y se frot los ojos. Conan estaba cortando una planta de cactus, y pelabadiestramente la piel y las espinas.

    -No me despertaste -dijo ella-. Me has dejado dormir toda la noche!

    -Estabas muy cansada -repuso el cimmerio-. Y deben de dolerte las posaderas, despus de unacabalgada tan prolongada. Los piratas no estis habituados a andar a caballo.

    -Y t?

    -Yo fui kozako antes que pirata -respondi Conan-. Y esa gente vive sobre la silla de montar.He dormido a ratos, como una pantera que espera junto al sendero el paso de un venado. Misodos se mantenan alerta mientras mis ojos dorman.

    Lo cierto es que el gigantesco brbaro pareca tan descansado como si hubiese dormido toda lanoche sobre un lecho de plumas. Una vez que hubo quitado todas las espinas, le entreg aValeria la jugosa hoja de cactus.

    -Prueba esto -dijo-. Es un buen alimento y una bebida para el hombre del desierto. Yo fui jefede los zuagires, unos nmadas que viven de saquear caravanas.

    -Hay algo que t no hayas sido? -le pregunt Valeria, en parte con burla y en parte conadmiracin.

    -S. No he sido rey de un pas hiborio -declar l sonriendo, mientras masticaba el jugoso

    cactus-. Pero no pierdo la esperanza de llegar a serlo algn da. Por qu no habra de ser rey?

    Valeria movi la cabeza, asombrada de su audacia, y se dispuso a saborear la refrescanteplanta. Hall que su sabor era agradable y que saciaba su sed. Una vez terminado el frugalgape, Conan se limpi las manos con arena, se puso en pie, se alis la tupida melena y,ajustndose el cinturn de la espada, dijo:

    -Bien, en marcha. Si la gente de esa ciudad nos va a cortar el cuello, ms vale que lo hagaahora, antes de que empiece a hacer calor.

    El humor del cimmerio era un tanto sombro, pero Valeria pens que poda resultar proftico.Ella tambin se ajust el cinto del sable despus de ponerse en pie. Los terrores nocturnoshaban pasado, y los dragones rugientes del bosque eran como un sueo lejano. Su andar volvia ser confiado cuando avanz al lado de Conan. Fuesen cuales fueran los peligros que lesesperaban, sus enemigos seran hombres. Y Valeria de la Hermandad Roja an no habaconocido a un hombre al que temiera.

    Conan la mir de reojo, mientras ella caminaba a su lado con su andar tan peculiar.

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    -Andas ms como un montas que como un marino -dijo el cimmerio-. Debes de haber nacidoen Aquilonia, ya que los soles de Darfar no llegaron a broncear tu blanca piel. Muchasprincesas envidiaran la blancura de tu tez.

    -S, nac en Aquilonia -repuso ella, que se haba acostumbrado a los cumplidos de sucompaero y ya no se irritaba.

    Si se hubiera tratado de otro hombre en vez de Conan, Valeria se habra puesto furiosa por nohaber sido despertada para hacer guardia, pues siempre se haba negado a que le dieran ventajaspor el solo hecho de ser mujer. Pero ahora senta una secreta satisfaccin al ser tratada as poraquel hombre. El cimmerio, adems, no haba tratado de aprovecharse de la situacin propiciaen la que se hallaban. Despus de todo -se dijo Valeria-, su compaero no era un hombrecorriente.

    El sol comenz a brillar sobre la ciudad, baando las torres con un siniestro color carmes.

    -Anoche era negra a la luz de la luna -murmur Conan con un gesto supersticioso-, y ahora es

    roja como la sangre, a causa del sol del amanecer. No me gusta nada esa ciudad.

    Pero aun as, se dirigieron hacia ella, y, mientras avanzaban, Conan le hizo notar a Valeria queno haba ningn camino que condujera a la poblacin desde el norte.

    -Ningn ganado ha salido a la llanura por esta parte de la ciudad -dijo-. Y no hay seales de queel arado tocase esta tierra en muchos aos, o en siglos, quiz. Sin embargo, mira, en estaplanicie existieron cultivos hace mucho tiempo.

    Valeria observ las antiguas zanjas de regado que l sealaba, y que se hallaban en parte llenasde agua y rodeadas de cactus. Ella frunci el ceo, mientras miraba con asombro el llano que se

    extenda en torno a la extraa ciudad, y que llegaba hasta el lejano bosque, formando unenorme crculo. La visin no llegaba ms all de aquel crculo.

    La mujer lanz una mirada inquieta a la ciudad y advirti que en sus murallas no se vea brillode cascos ni puntas de lanzas, y que no se oa el sonido de trompetas ni de voces de alerta. Unsilencio tan denso como el que reinaba en el bosque se cerna sobre los gruesos muros y laspuntiagudas torres.

    El sol ya estaba en lo alto cuando se detuvieron ante la gran puerta de la muralla norte, bajo lasombra del macizo baluarte. El xido cubra los refuerzos de hierro del portn, y las telaraasbrillaban tenuemente sobre las bisagras.

    -Esto no ha sido abierto en muchos aos! -exclam Valeria.

    -Es una ciudad muerta -dijo Conan con un gruido-. Por eso las zanjas y los cultivos estabanabandonados.

    -Pero quien habr vivido aqu? Por qu abandonaron este lugar?

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    -Quin sabe. Tal vez fuera un grupo de fugitivos estigios. Sin embargo, no tiene aspecto de serarquitectura estigia. Quiz los habitantes de la ciudad fueron exterminados por sus enemigos, ola peste acab con ellos.

    -En ese caso -dijo Valeria-, es posible que ah dentro haya cuantiosos tesoros. Intentamos abrirla puerta y exploremos el interior.

    Conan observ dubitativamente las enormes puertas, pero a pesar de ello apoy su robustohombro contra una de las jambas. Empuj con todas sus fuerzas, y el portn se abri poco apoco hacia el interior con un intenso chirrido de goznes. El cimmerio se irgui y desenvain laespada. Valeria mir sobre su hombro y lanz una exclamacin.

    No estaban viendo una calle o un patio, como era de esperar. La puerta daba directamente a unenorme saln, cuyo extremo opuesto casi se perda a lo lejos. Las dimensiones del recinto erangigantescas, y el suelo estaba formado por unas extraas baldosas rojas que parecan ardercomo si fueran llamas. Las paredes eran de un material verde y brillante.

    -Si esto no es jade, yo soy shemita! -exclam el cimmerio al tiempo que profera un juramento.

    -Es imposible que haya tal cantidad! -objet Valeria.

    -He robado suficiente jade a las caravanas de Khitai para saber de qu estoy hablando -insistiel cimmerio-. Te digo que es jade!

    El techo era abovedado y estaba revestido de lapislzuli, con gemas verdes incrustadas, quebrillaban con malfico resplandor.

    -Piedras de fuego verde -gru el cimmerio-. As llaman a esas piedras preciosas las gentes de

    Punt. Se dice que son los ojos petrificados de reptiles prehistricos, a los que los antiguosllamaban Serpientes Doradas. Brillan como los ojos de un gato en la oscuridad. Por la noche,esta sala debe de alumbrarse con esas gemas, pero es posible que la iluminacin no resulteagradable. Echemos un vistazo por ah. Podramos dar con algn tesoro.

    -Cierra la puerta -aconsej Valeria-. An temo que venga algn otro dragn del bosque. Conansonri y dijo:

    -No creo que los dragones se alejen del bosque. A pesar de todo, accedi a lo que le peda lamujer. Luego seal el cerrojo interior y agreg:

    -Me pareci haber odo un chasquido cuando empuj la puerta. Mira, el cerrojo se ha rotorecientemente. El xido lo haba comido casi por completo y bast con que yo empujara. Perosi la gente huy de aqu, cmo es que esta puerta est cerrada por dentro?

    -Sin duda escaparan por otro lugar -arguy, con acierto, Valeria.

    La pareja se pregunt cuntos siglos habran pasado desde que la luz del da se filtrara porltima vez entre las hojas de la enorme puerta. Sin embargo, la luz del sol tambin llegaba a lahabitacin por otro conducto. Conan y Valeria vieron que en lo alto del techo abovedado haba

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    una especie de claraboyas hechas de un material cristalino. Entre stas las gemas verdesrefulgan como los ojos de gatos furiosos. El suelo que haba bajo sus pies brillaba con lostonos cambiantes de la llama. Era como avanzar por el infierno, con unos astros malignosparpadeando en lo alto.

    A cada lado del enorme saln haba tres galeras con balaustradas, una encima de otra.

    -Un edificio de cuatro pisos -murmur el cimmerio-. Y esta sala se extiende hasta el techo. Elrecinto es tan largo como una calle. Creo ver una puerta al otro extremo.

    Valeria se encogi y dijo:

    -Tu vista es ms aguda que la ma, aunque en ese aspecto yo tena fama entre los piratas.

    Se dirigieron hacia una puerta abierta y atravesaron una serie de habitaciones vacas, cuyo sueloera parecido al del saln. Las paredes tambin eran de jade, y en algunas partes de mrmol o decalcedonia, con incrustaciones de oro, plata o bronce. En el techo tambin haba piedras verdes.

    Los intrusos avanzaron como espectros por aquellas habitaciones de brillante suelo rojizo.

    En algunas de la estancias no haba ninguna luz, y el vano de las puertas era negro como laboca del infierno. Conan y Valeria evitaron aquellos lugares y se internaron tan slo por lashabitaciones iluminadas.

    En las esquinas haba numerosas telaraas, pero en cambio no se adverta polvo en el suelo nien las mesas y sillas de mrmol, jade o cornalina que llenaban algunas salas. Aqu y all sevean alfombras de seda de Khitai, que era prcticamente indestructible. No haba ningunaventana o puerta que diera a la calle o a algn patio. Todas las aberturas daban a otra habitacino saln.

    -No saldremos nunca a un lugar abierto? -musit Valeria-. Este palacio, o lo que sea, es msgrande que el harn del rey de Turan.

    -Quienes vivan aqu no pudieron morir de peste -dijo d cimmerio mientras meditaba acerca delmisterio de la ciudad abandonada-. En ese caso, habramos encontrado esqueletos. Tal veztuvieron miedo de algo y huyeron. Quiz...

    -Al demonio con todo eso! -le interrumpi Valeria rudamente-. Nunca lo sabremos concerteza. Mira esos frisos. Representan figuras humanas. A qu raza pertenecen?

    Conan lo mir y neg con la cabeza, al tiempo que responda:

    -Jams he visto gente como sa. Pero tienen algo oriental; parecen nativos de Vendhia o tal vezde Kosala.

    -Acaso fuiste rey de Kosala? -pregunt ella en tono burln, si bien no exento de curiosidad.

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    -No, pero s fui jefe guerrero de los afghulis, que viven en los montes Himelios, ms all de lasfronteras de Vendhia. Estas imgenes parecen corresponder a nativos de Kosala. Pero por quhabrn construido una ciudad tan al oeste?

    Las figuras representaban a hombres y mujeres esbeltos, de tez oscura y con faccionesfinamente modeladas y exticas. Vestan amplias tnicas y usaban adornos cubiertos de joyas.Casi todos estaban en actitud de danzar, de comer o de hacer el amor.

    -Todos stos debieron de llevar una estpida vida pacfica, pues no se ven escenas de guerra ode lucha -dijo Conan-. Ven, vamos a los pisos superiores.

    Haba una escalera de marfil que ascenda en espiral desde la habitacin en la que seencontraban. Subieron tres pisos y llegaron a una amplia estancia. Unas claraboyas que habaen el techo iluminaban la sala, en la que tambin brillaban tenuemente las gemas verdes. Almirar a travs de otras puertas, vieron ms salas iluminadas. Pero una de las puertas daba a unagalera con balaustrada, que se abra sobre una sala mucho ms pequea que la que haban vistoen el piso inferior.

    -Maldicin! -dijo Valeria, y tom asiento con disgusto en un banco de jade-. La gente queviva aqu debi de llevarse todos los tesoros consigo. Estoy cansada de vagar sin sentido porestos cuartos vacos.

    -Todas estas habitaciones parecen estar iluminadas -dijo el cimmerio-. Me gustara encontraruna ventana que d a la ciudad. Veamos qu hay detrs de esa puerta.

    -Mira t -repuso Valeria-. Yo me quedar aqu a descansar un poco.

    El cimmerio desapareci por la puerta que estaba enfrente de la que daba a la galera, y Valeria

    se recost con las manos cruzadas en la nuca y las piernas extendidas. Aquellas silenciosashabitaciones y salas, con sus brillantes gemas verdes y sus ardientes suelos rojizos, comenzabana disgustarle. Deseaba encontrar una salida hacia el exterior para abandonar de una vez portodas el laberinto por el que vagaban. Valeria se pregunt qu pies misteriosos y furtivoshabran pisado en los siglos pasados aquellos suelos brillantes, y qu hechos espantosos habrancontemplado aquellas piedras verdes incrustadas en lo alto.

    Un ligero ruido interrumpi las reflexiones de Valeria. Antes de que se diera cuenta realmentede que algo le haba llamado la atencin, la audaz mujer ya estaba en pie y con la espadadesenvainada. Conan an no haba regresado, y ella comprendi que no era l quien habaproducido aquel ruido.

    El sonido proceda de algn lugar situado del otro lado de la puerta que se abra a la balconada.Valeria avanz sin hacer el menor ruido, atraves la puerta, lleg a la galera y mir por encimade la balaustrada.

    Un hombre avanzaba por la sala.

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    El hecho de ver a un ser humano en aquella ciudad que crean desierta caus en la mujer unaprofunda impresin. Valeria observ al desconocido, agazapada detrs de las columnas depiedra y con todos los nervios en tensin.

    El hombre no se pareca en nada a las figuras de los frisos. Era algo ms alto que el trminomedio y de tez muy oscura, aunque no era de raza negra. Su nico atuendo era un estrechotaparrabo de seda y un cinturn de cuero de un palmo de ancho alrededor de la cintura. El largocabello negro que le caa sobre los hombros le daba un aspecto salvaje. Era delgado, aunque susbrazos y piernas se vean musculosos, sin el menor vestigio de grasa que suavizase loscontornos. Podra decirse que aquel individuo estaba hecho con una notable economa demedios que resultaba repelente.

    Pero tanto en su apariencia fsica como en su actitud haba algo que impresion a la mujer. Elhombre se detuvo sbitamente y, medio agazapado, volvi la cabeza en varias direcciones. Unadaga que aferraba con la mano derecha tembl visiblemente a causa de las emociones que laatenazaban. Valeria comprendi que aquel desconocido tena miedo, un miedo rayano en elterror. Cuando volvi la cabeza, la mujer pudo apreciar el brillo de la mirada del hombre entre

    los mechones de pelo negro.

    Pero l no la vio. Atraves la sala de puntillas y desapareci por una de las puertas abiertas.Poco despus, Valeria escuch un lamento ahogado y luego volvi a reinar el silencio en eledificio.

    Llena la inquietud y curiosidad, la mujer avanz por la galera hasta llegar a una puerta situadaencima de aquella por la cual desapareciera el hombre. La puerta daba a un corredor mspequeo que rodeaba una amplia estancia.

    Esta habitacin estaba en el tercer piso, y el techo no era tan alto como el de la sala que vieran

    al principio. Estaba iluminada nicamente con gemas, por lo cual la parte baja de la balconadaestaba en sombras.

    Cuando hubo acostumbrado su vista a la penumbra, Valeria vio que el hombre an seencontraba en el recinto. Pero estaba tendido boca abajo en el centro de la habitacin. Tena lasextremidades flccidas y extendidas, y su daga se hallaba junto a l.

    Aquella inmovilidad le caus extraez a Valeria, hasta que vio una mancha de color carmessobre el suelo, debajo del cuerpo.

    La mujer mir con atencin hacia las sombras que llenaban el recinto, pero no puedo ver nadams.

    De repente apareci otro hombre, parecido al anterior, por una puerta que haba al otro extremode la sala. Los ojos del recin llegado brillaron al ver al otro en el suelo, y exclam con vozagitada:

    -Chicmec!

    El otro no se movi.

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    El segundo individuo avanz rpidamente, se inclin y cogi por un hombro al cado paravolverlo hacia arriba. De entre sus labios escap un grito ahogado cuando vio que la cabeza lecolgaba inerte hacia atrs, permitiendo ver el cuello, que haba sido cortado de oreja a oreja.

    El hombre dej caer al cadver sobre el suelo y se irgui de nuevo, temblando como una hoja alviento. Tena el rostro ceniciento a causa de pavor. Ya haba flexionado una pierna para escaparcuando se qued repentinamente inmvil, mirando al otro extremo de la habitacin con los ojosdesorbitados por el espanto.

    Entre las sombras que haba debajo de la balconada comenz a brillar una luz espectral, que noera reflejo de la que producan las gemas verdes. Valeria sinti que se le erizaba el cabello alobservar la escena. En el aire flotaba una calavera. Era un crneo humano, aunqueterriblemente deforme, y de l emanaba una luz fosforescente. Por momentos adquiracontornos definidos, y Valeria se dijo que, aunque la calavera pareciera de hombre, tena dealguna manera un aspecto inhumano.

    El hombre segua inmvil, paralizado por el terror y mirando fijamente la aparicin. sta se

    alej de la pared, y una sombra grotesca se movi con ella. Poco a poco pudo ver que la sombratena un cuerpo semejante al de un ser humano. Pero ste brillaba con un fulgor blanquecino,que pareca provenir de los huesos que haba debajo. La calavera sonrea con una expresinsiniestra, en medio de un halo luminoso y maligno. El hombre no era capaz de apartar los ojosde la espantosa aparicin. Habrase dicho que estaba hipnotizado.

    Valeria comprendi que no era tan slo una fuerza mental la que paralizaba al desconocido.Tambin pareca intervenir el fulgor blanquecino, robndole parte de su energa vital eimpidindole actuar.

    El horrendo espectro avanz flotando hacia su vctima, y sta finalmente se movi, pero slo

    para dejar caer la daga y postrarse de rodillas mientras se tapaba los ojos con las manos.Aguard sin decir palabra el golpe de la hoja que ahora brillaba en la mano del espectro, el cualse cerna sobre el hombre como la muerte triunfante.

    Valeria actu segn el primer impulso de su vehemente carcter. Con un salto felino salt porencima de la balaustrada y se dej caer al suelo, detrs del espectro. ste gir en redondo al orel golpe de las suaves botas contra el suelo. Pero mientras se volva, la afilada hoja del sable deValeria se abati sobre l y traspas su carne mortal.

    El espectro lanz una exclamacin de dolor y se desplom con el pecho y el espinazoatravesados por la espada. Al caer, rod por el suelo su luminosa calavera, dejando ver unamelena canosa y un rostro contrado por el sufrimiento de la agona. Detrs de aquella horrenda

    aparicin haba tan slo un ser humano, un hombre parecido al que estaba arrodillado en elsuelo.

    Finalmente, este ltimo levant los ojos al or el golpe y el grito, y mir con expresin deinfinito asombro a la mujer de piel blanca que se cerna sobre el cadver con una espadachorreante en la mano.

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    El hombre se puso en pie, tambalendose y musitando lamentos como si el espectculo lehubiera afectado la razn. Valeria se sorprendi al darse cuenta de que entenda lo quemurmuraba el hombre. Se lamentaba en lengua estigia, aunque en un dialecto que no alcanzabaa comprender del todo.

    -Quin eres? -le pregunto l-. De dnde vienes? Qu haces en Xuchotl?

    Luego, sin dejar siquiera que ella le contestase, el desconocido agreg:

    -De todas formas, eres una persona amiga. Diosa o demonio, poco importa, ya que has matadoa la Calavera Ardiente! Y era un hombre, despus de todo! Nosotros lo considerbamos undemonio que ellos haban conjurado desde las catacumbas... Pero escucha...!

    El hombre dej de desvariar y, al quedar en silencio, se irgui como si hubiera estadoescuchando con dolorosa intensidad. Valeria no alcanzaba a or nada.

    -Debemos darnos prisa! -murmur l-. Ellos estn al oeste del Gran Saln y pueden llegar en

    cualquier momento...!

    Cogi a Valeria por la mueca con un gesto espasmdico, que ella no pudo eludir.

    -Quines son ellos? -le pregunt la mujer.

    El hombre la mir con asombro, como si no comprendiera que ella no lo supiera.

    -Ellos? -dijo el hombre, y agreg tartamudeando-- Son la gente de Xotalanc. La tribu delhombre al que mataste son los que viven en la puerta del este.

    -Entonces, esta ciudad est habitada? -pregunt Valeria sorprendida.

    -S, por supuesto! -repuso l impaciente-. Pero vmonos enseguida; debemos regresar aTecuhlti!

    -Dnde est eso? -pregunt Valeria.

    -Es el barrio de la Puerta Occidental.

    La cogi por la mueca y la condujo hacia la puerta por la que l haba aparecido. Grandesgotas de sudor le perlaban la frente, y sus ojos brillaban a causa del terror.

    -Espera un momento -dijo ella, soltndose bruscamente-. No me pongas las manos encima, o terompo la cabeza. Vamos a ver, quin eres t y adonde quieres llevarme?

    El hombre mir con inquietud en todas direcciones y comenz a hablar con tal rapidez que aveces se le trababa la lengua.

    -Me llamo Techotl y procedo de Tecuhlti. Ese hombre que yace con la garganta cortada vinode las Salas del Silencio para tratar de tender una emboscada a alguno de los xotalancas. Pero

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    nos separamos, y cuando vine aqu a buscarlo lo encontr muerto. Lo mat la CalaveraArdiente, lo s, y me habra matado tambin a m si t no me hubieras salvado. Peroseguramente l no estaba solo. Es posible que hayan llegado otros individuos desde Xotalanc.Hasta los dioses se estremecen ante la suerte de los hombres que ellos cogen vivos!

    Al pensarlo se estremeci, y su piel se volvi ms cenicienta an. Valeria lo mirdesconcertada. Comprenda que tena delante a una persona inteligente aunque trastornada.

    La mujer se volvi hacia la calavera, que an resplandeca en el suelo, y le acerc una de susbotas, cuando el hombre salt hacia ella con un grito.

    -No la toques! -exclam-. No la mires siquiera! Te enloquecera! Slo los brujos de Xotalancconocen su secreto. Encontraron la calavera en las catacumbas, donde yacen los huesos de losterribles reyes que gobernaron Xuchotl en el oscuro pasado. El solo hecho de mirar esa calaverahiela la sangre y llena de agua el cerebro de la persona que no conoce su secreto. Tocarlasignifica locura y destruccin.

    Ella lo mir con el ceo fruncido. El hombre no le inspiraba confianza, con aquel cuerpo enjutoy sus rizos serpentinos. En sus ojos, detrs del brillo del espanto, asomaba una extraa luz queella jams haba visto en la mirada de un ser humano en sus cabales. A pesar de todo, parecasaber muy bien lo que estaba diciendo.

    -Ven! -suplic mientras le tenda la mano, retirndola enseguida al acordarse de lasadvertencias de Valeria-. Eres extranjera; no s cmo habrs llegado hasta aqu, pero, seasdiosa o demonio, ven en ayuda de Tecuhlti y tendrs una respuesta a todo lo que me haspreguntado. Sin duda llegaste desde el otro lado del bosque, de donde vinieron nuestrosantepasados. Pero eres nuestra amiga, porque de lo contrario, no habras matado a nuestro peoradversario. Vmonos enseguida, antes de que nos encuentren los xotalancas y nos maten!

    Valeria mir la calavera que arrojaba una luz siniestra sobre el cadver del enemigo. Era comolas calaveras de las pesadillas, claramente humanas, pero con algunas deformidadesinquietantes. Seguramente el dueo de aquel crneo haba tenido un aspecto monstruoso envida. Vida? S, la calavera pareca tener vida propia. Sus mandbulas se abran y se cerrabancon chasquidos. El fulgor se haca cada vez ms intenso y vivido, al tiempo que aumentabatambin la sensacin de pesadilla. Era un sueo... Toda la vida era sueo...

    La voz de Techotl sac a Valeria del hondo abismo en el que estaba cayendo.

    -No mires esa calavera! No lo hagas! La voz pareca provenir de lejanas insondables. Valeriase estremeci y sacudi la melena como un len. Su visin se aclaraba por momentos.

    -En vida alberg el cerebro de un rey de brujos -le deca ahora Techotl-. Pero an conserva lavida y el fuego mgico de los espacios siderales!

    Al tiempo que profera una maldicin, Valeria salt como una pantera y asest un mandoble alblanco crneo, que cruji y salt en pedazos. En algn lugar de la habitacin, o de un sitioimpreciso, una voz inhumana aull expresando infinita ira y dolor.

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    Techotl comenz a gritar:

    -La has destrozado! La has destruido! Ni la magia negra de Xotalanc podr reconstruirla!Ahora vmonos, pronto!

    -No puedo hacerlo -protest ella-. Hay un amigo mo cerca de aqu...

    La mirada de espanto del hombre hizo que Valeria se callara repentinamente. La mujer mir asu alrededor y vio a cuatro hombres que entraban por otras tantas puertas, convergiendo haciala pareja que se hallaba en el centro de la habitacin.

    Los cuatro eran como los otros dos que Valeria haba visto. Tenan las mismas extremidadesdelgadas, la misma melena negra y lacia, la misma mirada extraviada en sus grandes ojos. Ibanarmados y vestidos como Techotl, pero todos llevaban una calavera blanca pintada en el pecho.

    No hubo amenazas ni gritos de guerra. Los hombres de Xotalanc saltaron hacia el cuello de susenemigos como tigres sedientos de sangre. Techotl les hizo frente con la furia que da la

    desesperacin. Esquiv la espada de uno de los atacantes y se aferr a l para arrojarlo al suelo,donde ambos rodaron y lucharon en tenso silencio.

    Los otros tres se abalanzaron sobre Valeria, con los ojos rojos como los de los perros rabiosos.

    La mujer mat al primero antes de que pudiera atacarla. La larga espada recta de Valeria lehundi el crneo cuando el atacante levantaba ya su propia arma. Luego par el golpe y esquivotro. Sus ojos brillaban y sus labios sonrean implacables. Volva a ser Valeria de laHermandad Roja, y el silbido de su hoja de acero era como un himno nupcial para sus odos.

    La espada de Valeria rebas una hoja que haba pretendido parar el golpe y se hundi en un

    vientre cubierto por un taparrabo de cuero. El hombre jade en su agona y cay de rodillas.Pero su alto compaero se abalanz en silencio sobre Valeria y descarg una lluvia de golpescon tal furia que la mujer no fue capaz de contraatacar. Ella retrocedi framente, parando lasestocadas y en espera de una ocasin para devolver los golpes. El adversario no poda mantenerpor mucho tiempo el ritmo de su ofensiva. Se le cansara el brazo o le traicionaran lospulmones. Entonces, la hoja de Valeria le atravesara el corazn. Una mirada de reojo lepermiti ver a Techotl inclinado sobre el pecho de su enemigo, tratando de liberar las muecaspara asestarte una cuchillada.

    La frente del hombre estaba cubierta de sudor y sus ojos denotaban el esfuerzo al que estabasometido. Por ms que atacara con denuedo, no pudo romper la guardia de su adversaria. Surespiracin se hizo agitada e irregular, y sus golpes comenzaron a debilitarse. Valeria dio un

    paso atrs para atraerlo, y en aquel mismo momento sinti que alguien le aferraba las piernascon brazos frreos. Se haba olvidado del hombre herido que estaba en el suelo.

    Estaba arrodillado y, mientras su compaero lanzaba un grito triunfal, el herido mordi aValeria salvajemente en un muslo. El xotalanca de elevada estatura salt, golpeando con todassus fuerzas y su enorme furia. Ella par el golpe con gran dificultad y levant los ojos,observando las chispas que haban saltado con el impacto de los dos sables.

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    La espada enemiga se alz una vez ms; esta vez, Valeria se crey perdida, pues estaba casiinmovilizada por el otro contrincante. En aquel momento, una forma gigantesca se cerni sobreel xotalanca, y su grito triunfal se interrumpi en seco. El hombre se tambale y cay al suelocon el crneo destrozado.

    -Conan! -exclam Valeria jadeando.

    Con un rpido movimiento, la mujer se volvi hacia su enemigo, que an la sujetaba confuerza. Lo cogi por la larga melena. La espada de Valeria brill en el aire, y el cuerpodecapitado del adversario se derrumb encima del de su compaero.

    -Qu demonios ha ocurrido aqu? -pregunt el cimmerio, avanzando con la espada en la mano.

    Techotl se incorpor; a su lado se hallaba el ltimo xotalanca, que an se retorca en los ltimosestertores de agona. Su daga goteaba sangre, y Conan comprendi que no era enemigo. Elhombre tena una herida profunda en un muslo y mir al cimmerio con recelo.

    -Qu significa esto? -volvi a preguntar Conan, que an no se haba recuperado de la sorpresade encontrar a Valeria en una lucha salvaje con aquellos hombres, en una ciudad que l habacredo deshabitada.

    Al regresar de su infructuosa exploracin por el piso superior, haba visto que Valeria no sehallaba en la habitacin en la que la haba dejado, y le haba bastado con seguir el ruido de lapelea.

    -Cinco perros muertos! -exclam Techot con un salvaje aire de triunfo-. Cinco clavos rojospara la columna negra! Gracias, dioses de la sangre!

    El hombre levant sus manos temblorosas y luego, con una expresin demonaca, escupi sobrelos cadveres y les golpe el rostro con los pies, mientras danzaba de un modo estremecedor.Sus nuevos aliados lo miraban con asombro, y Conan le pregunt a Valeria en lenguaaquilonia:

    -Quin es este loco?

    La mujer se encogi de hombros y repuso:

    -Dice llamarse Techot. Por lo que ha dicho, deduzco que su gente habita en un extremo de estaincreble ciudad, mientras que estos vivan al otro extremo. Tal vez sea conveniente quevayamos con l. Parece amistoso, y resulta fcil ver que la otra tribu no lo es.

    Techot haba dejado de bailar y escuchaba de nuevo con la cabeza vuelta de lado, como losperros.

    -Vmonos ya! -murmur-. Hemos hecho bastante matando a cinco malditos demonios! Migente os recibir muy bien y os colmar de honores. Venid, Tecuhlti queda lejos, y encualquier momento pueden llegar los xotalancas en nmero excesivo para nuestras espadas.

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    -Est bien, guanos -dijo el cimmerio con un gruido.

    Techot subi por la escalera que llevaba a la galera y les hizo una seal para que lo siguieran.Luego cruzaron una puerta que se abra hacia el oeste y avanzaron por numerosas habitaciones,todas ellas iluminadas por claraboyas o por gemas verdes.

    -No acabo de entender qu clase de edificio es ste -le dijo Valeria en voz baja al cimmerio.

    -En cambio, yo s he visto a este tipo de hombres con anterioridad -repuso Conan-. Habitan enlas orillas del lago Zuad, cerca de la frontera con Kush. Son una especie de mestizos estigios,mezclados con otra raza que lleg a Estigia por el este hace algunos siglos y que fue asimiladapor los nativos del pas. Son tlazitlanos. Pero estoy seguro de que ellos no construyeron estaciudad.

    El temor de Techot no pareci disminuir cuando se alejaron de la habitacin en la que yacanlos muertos. Segua volviendo la cabeza en todas direcciones para captar los sonidos depresuntos perseguidores, y miraba con angustia cada puerta que iba dejando atrs.

    Valeria se estremeci involuntariamente. No le tema a ningn hombre, pero el brillo del sueloy de las piedras preciosas que resplandecan en lo alto, as como el incontrolable terror quedemostraba su gua, le haban transmitido una sensacin de peligro misterioso e inhumano.

    -Podramos encontrarlos en el camino a Tecuhlti! -susurr el hombre sbitamente-. Debemostener cuidado para no caer en una emboscada.

    -Por qu no salimos de este condenado palacio y vamos por la calle? -pregunt Valeria.

    -No hay calles en Xuchotl -repuso el hombre-. No hay plazas ni patios. Toda la ciudad est

    construida como un gigantesco palacio bajo un enorme techo. Lo ms parecido a una calle es laGran Sala, que atraviesa la ciudad desde la puerta norte a la del sur. Las nicas puertas que seabren al mundo exterior son las de las murallas; ningn hombre ha pasado a travs de ellas encincuenta aos, con excepcin de vosotros.

    -Desde cundo vivs aqu? -pregunt Conan.

    -Yo nac en este castillo hace treinta y cinco aos, y jams he puesto un pie fuera de la ciudad.Pero por todos los dioses, guardemos silencio! Estas salas pueden estar llenas de demonios alacecho! Olmec os contar todo cuando lleguemos a Tecuhlti.

    As pues, continuaron deslizndose sin hacer ruido por aquellas habitaciones, cuya fulgurantepenumbra haca pensar a Valeria que vagaban por el infierno, guiados por un ser demonaco depiel oscura y largos cabellos.

    Pero fue Conan quien los hizo detenerse cuando cruzaban una de las enormes salas. Sus odos,habituados a la vida en el bosque y en la montaa, eran ms sensibles an que los de Techot.

    -Crees que puede haber enemigos esperando para tendernos una emboscada? -pregunt.

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    -Vagan por estas salas a todas horas -respondi Techot-, y lo mismo hacemos nosotros. Lashabitaciones y las salas que se encuentran entre Tecuhlti y Xotalanc son tierra de nadie, unazona en disputa. Las llamamos las Salas del Silencio. Por qu lo preguntas?

    -Porque hay hombres en las habitaciones de delante -repuso el cimmerio-. Puedo or el ruidodel acero al rozar contra la piedra.

    El hombre, que haba palidecido, volvi a estremecerse.

    -Tal vez sean tus amigos -sugiri Valeria.

    -No debemos arriesgarnos -dijo Techotl con la respiracin agitada y avanzando febrilmente.

    Se volvi a un lado y entr por una habitacin en la que haba una escalera de mrmol quellevaba hacia abajo, en medio de la oscuridad.

    -Esto conduce a un pasillo oscuro que hay debajo -dijo Techotl con un murmullo, mientras su

    frente se llenaba de sudor-. Tambin puede estar ah, pero debemos correr el riesgo, ya que esms probable que se encuentren en las otras habitaciones. Vamos, deprisa!

    Bajaron por la escalera con la rapidez de los fantasmas, hasta llegar a la boca de un corredoroscuro como la noche. Se agazaparon all durante un momento, tratando de or algn ruido, yluego se internaron en el pasillo. Mientras avanzaban, Valeria sinti un escalofro; tema recibiruna estocada en cualquier momento. Not la mano de Conan aferrndola por un brazo, lo que ledio ms confianza. La oscuridad era absoluta, y el pasillo pareca interminable.

    De repente se quedaron inmviles al or un ruido a sus espaldas. Se haba abierto una puerta ysintieron que unos hombres entraban en el corredor. Valeria tropez con lo que pareca una

    calavera, que rod produciendo un ruido siniestro.

    -Corred! -exclam Techotl con voz agitada, y avanz por el pasillo como un fantasma.

    Valeria not que Conan la tomaba otra vez por la cintura y la ayudaba a escapar. El cimmeriono vea ms que ella en la oscuridad, pero una especie de sexto sentido haca que no seequivocara. Mientras tanto, oyeron detrs de ellos unos pasos rpidos que se acercaban cadavez ms. De repente Techotl dijo:

    -Aqu est la escalera! Seguidme rpido, por todos los dioses!

    Valeria se sinti levantada en vilo entre Techotl y Conan al subir las escaleras, y advirti quelos enemigos les seguan a muy poca distancia. Y los sonidos no eran todos de pies humanos.

    Algo trepaba retorcindose por los peldaos; algo que reptaba y chasqueaba, helando el aire asu alrededor. Conan dio una estocada con su sable y sinti que la hoja atravesaba una sustanciaque bien podra haber sido carne y hueso. Algo le roz el pie y se lo dej helado; el cimmeriosinti un azote y un golpe estremecedor, y enseguida se oy el grito de agona de un hombre.

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    Un momento despus, Conan terminaba de subir la escalera y pasaba por una puerta que seabra en la semipenumbra.

    Valeria y Techotl ya se encontraban all, y este ltimo cerr la puerta y corri un cerrojo encuanto hubo pasado el cimmerio. Era el primer cerrojo que Conan vea desde que dejaran atrsla gran puerta de la muralla.

    Inmediatamente echaron a correr a travs de la sala a la que haban llegado, y al cruzar la puertadel lado opuesto, Conan mir hacia la anterior y vio que el cerrojo era golpeado por quienesvenan detrs.

    Aunque Techotl no aflojara el ritmo de su carrera, ya pareca ms sereno. Tena el aspecto delhombre que se encuentra en terreno conocido, cerca de gente amiga.

    Pero Conan volvi a asustarlo terriblemente cuando le pregunt:

    -Qu era eso que encontr en la escalera, Techotl?

    -Los hombres de Xotalanc -repuso el aludido-. Ya te dije que terminaramos por encontrarlos.

    -Aquello no era un hombre; era algo que reptaba y resultaba fro como el hielo al tacto. Creoque le hice un tajo con la espada. Cay hacia atrs, sobre los hombres que nos seguan, y conseguridad mat a uno de ellos en los espasmos de la agona.

    Techotl lo mir con los ojos desorbitados por el miedo, y aceler la marcha.

    -Era el Trepador! Un monstruo que ellos trajeron de las catacumbas para que los ayudara! Nosabemos exactamente lo que es, pero encontramos a algunos de nuestros hombres muertos de

    forma horrible. En nombre de Set, daos prisa! Si encuentra nuestro rastro, nos seguir hasta lasmismas puertas de Tecuhltli.

    -Lo dudo -dijo el cimmerio-. Creo que mat a esa cosa que estaba en la escalera.

    -Deprisa, deprisa! -exclamaba Techotl.

    Corrieron a travs de una serie de habitaciones iluminadas por las gemas verdes y se detuvieronante una gigantesca puerta de bronce.

    Entonces Techotl dijo:

    -Estamos en Tecuhltli!

    3. La gran disputa

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    Techotl golpe en la puerta con el puo cerrado y luego se volvi para mirar haciaatrs.

    -Muchos de nuestros hombres han muerto delante de esta misma puerta, cuando ya se crean asalvo -dijo.

    -Por qu no nos abren? -pregunt Conan.

    -Nos estn mirando a travs del Ojo -dijo Techotl-, Sin duda les extraa vuestra presencia. Acontinuacin el hombre levant la voz y dijo:

    -Abre, Excelan! Soy yo, Techotl, y estoy con unos amigos que vienen de ms all del granbosque!

    -Ser mejor que nos abran pronto -dijo el cimmerio con tono sombro-. Oigo algo que searrastra por el suelo ms all de la sala.

    Techotl palideci y comenz a golpear con fuerza la puerta, al tiempo que gritaba:

    -Abrid la puerta, condenados! El Trepador viene hacia nosotros!

    Entonces, la enorme hoja de bronce se abri sin hacer ruido, dejando ver una pesada cadenaque cruzaba la entrada, sobre la cual haba numerosas lanzas y rostros de expresinamenazadora. Luego dejaron caer la cadena, Techotl cogi a sus nuevos amigos por el brazo ylos arrastr hacia el interior. Una mirada por encima del hombro cuando la puerta se cerraba lepermiti a Conan ver, al otro lado de la sala en semipenumbra, una cosa con forma de ofidioque avanzaba retorcindose, con la repugnante cabeza manchada de sangre en el aire. En aquelmomento la gran puerta de bronce se cerr tras el cimmerio.

    Una vez dentro de la habitacin, se volvieron a correr los cerrojos y la cadena fue colocada ensu lugar. La puerta estaba construida como para resistir los embates de un asedio. Cuatrohombres se hallaban de guardia; eran delgados y de tez oscura, como Techo. Empuabanlanzas y de sus cintos colgaban espadas. En la pared prxima a la puerta haba una completaserie de espejos que, segn supuso Conan, deba deser el Ojo que Techotl haba mencionado.Estaban dispuestos de tal modo que a travs de unas rendijas del muro poda verseperfectamente el exterior sin que desde all se viera a quienes estaban dentro. Los cuatrocentinelas miraban llenos de asombro a los dos forasteros, pero no hicieron ninguna pregunta niinterrogaron a Techotl. ste pareci plenamente confiado una vez que hubo franqueado laentrada.

    -Venid -les dijo a sus nuevos compaeros, pero Conan mir hacia la puerta.

    -Qu hay de los individuos que nos seguan? -pregunt-. NO intentarn echar abajo la puerta?

    Techotl hizo un gesto negativo con la cabeza.

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    -Saben muy bien que no pueden hacer nada contra la Puerta del guila. Lo que harn serregresar a Xotalanc, junto con su repugnante amigo. Y ahora, os voy a llevar ante losgobernantes de Tecuhltli.

    Uno de los centinelas abri la puerta opuesta a la de bronce y pasaron a un corredor iluminadoasimismo por claraboyas y por gemas verdes. Pero a diferencia de las habitaciones que habanvisto hasta entonces, aquel pasillo daba la impresin de pertenecer a un recinto habitado.Tapices de terciopelo cubran las verdes paredes de jade, y sobre el suelo de color carmes sevean gruesas alfombras. Tambin haba bancos y divanes de marfil, cubiertos con cojines deseda.

    El enorme pasillo terminaba en una puerta tallada, delante de la cual no haba ningn centinela.Sin ms ceremonias, Techotl abri la puerta y condujo a sus amigos hasta una gran habitacin,en la que habra unos treinta hombres y mujeres de piel oscura recostados sobre unos divanes.Todos se pusieron en pie, gritando exclamaciones de asombro.

    Los hombres, con excepcin de uno, eran parecidos a Techotl. Las mujeres tambin tenan la

    tez oscura y ojos extraos, y eran de una gran belleza extica. Vestan unas faldas muy cortas ycorpios de seda dorada, y calzaban sandalias. Sus negras cabelleras, cortadas en forma recta,les caan sobre los hombros desnudos y estaban sujetas con cintas de plata.

    En una otomana de marfil, sobre un estrado de jade, se hallaban un hombre y una mujer quediferan sutilmente de los dems. l era un gigante de torso enorme y espaldas de toro. Adiferencia de los otros, tena una espesa barba negra que le llegaba casi hasta la cintura. Elcorpulento personaje vesta una tnica de color prpura que cambiaba de matiz con cadamovimiento. En la cinta que recoga sus cabellos brillaban numerosas piedras preciosas.

    La mujer que estaba a su lado se haba puesto de pie despus de proferir una exclamacin, al

    igual que los dems. Despus de mirar a Conan, se fij con ardiente intensidad en Valeria. Eraalta y esbelta; la ms hermosa de todas las mujeres que se hallaban en el saln. En lugar de labreve falda, llevaba una ancha banda de seda dorada por delante, y otra igual por detrs. Ambasle llegaban a la altura de las rodillas. Tanto esta tela como la cinta del pelo estaban adornadascon piedras preciosas. Sus ojos, a diferencia de los de otros de su raza, no tenan la mismaexpresin delirante. No dijo una sola palabra despus de su exclamacin. Tan slo permanecien actitud tensa, con las manos crispadas, observando a Valeria.

    El hombre que estaba en la otomana de marfil se haba puesto en pie.

    -Prncipe Olmec -dijo Techotl, despus de inclinarse con los brazos extendidos y las palmas delas manos vueltas hacia arriba-. Te traigo unos aliados que vienen de allende el bosque. En la

    Sala de Tezcoti, la Calavera Ardiente dio muerte a Chicmec, mi compaero...

    -La Calavera Ardiente...!

    Un rumor temeroso estremeci a la gente de Tecuhltli.

    -As es. Entonces llegu yo y encontr a Chicmec tendido en el suelo, con el cuello cortado.Antes de que pudiera huir, la Calavera Ardiente vino hacia m, y cuando la mir, mi sangre se

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  • 7/29/2019 (Conan 09) Conan El Guerrero

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    convirti en agua y la mdula de los huesos se me hel. No poda pelear ni huir, y slo esperabael golpe mortal. Entonces lleg esta mujer de piel blanca y atac a la Calavera Ardiente con laespada. Entonces pude comprobar que se trataba tan slo de un maldito xotalanca con la pielcubierta de pintura y la calavera de un antiguo brujo sobre la cabeza! Ahora la Calavera esthecha pedazos, y el perro que la llevaba yace muerto en el lugar!

    El narrador ha